Buen Samaritano

Sorpresivos donantes dan todo a hospitales y escuelas

Con muy poco de tiempo de diferencia, una ancianita española y un buen hombre norteamericano dejaron la totalidad de sus cuantiosas fortunas a escuelas, hospitales y bibliotecas, para que los que los sobreviven tengan mejores vidas.

 

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El intendente del pueblo español, agradecido

 

Virgina Pérez Buendía, habitante de Madrid, dejó este mundo a los 86 años. Y si bien vivió discretamente y en silencio, decidió irse con un gran gesto festivo. La anciana, dueña de una cuantiosa fortuna, legó al fallecer diez millones de euros para que sean destinados a la educación de los niños del pueblo donde nació, Valverde de Júcar.

La mujer había amasado una importante fortuna con lo producido por un molino familiar y los frutos de sus campos en Valverde de Júcar, lugar que visitaba frecuentemente por tener allí sus orígenes y sus afectos. El intendente de Valverde de Júcar, Pedro Esteso, comentó que la mujer tenía una “vida espartana, pero feliz”. La noble Virginia no tenía familia ni hijos, y por eso decidió donar su gran fortuna a los niños de su pueblo, para que se eduquen y tengan lo necesario para vivir mejor.

“Ella era feliz con sus jeans y un sombrero de cuero”, contó Esteso, que la quería como todos en el pueblo. Valverde de Júcar tiene 1284 habitantes, de los cuales 83 son niños que concurren al primario y 40 están en la secundaria. “Era una verdadera entusiasta del campo y los animales y vivió de una manera muy libre y especial”, agregó el político. Lo cierto es que todo el dinero proveniente de varios fondos de inversión y de propiedades será ahora de todo el pueblo. “Nunca hizo ostentación porque era feliz con lo que tenía”, destacó enfáticamente Esteso, agradecido.

 

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El vererable donante de Vermont

 

Pero no fue el único caso de un modesto millonario que dejara todo a sus vecinos. Ronald Read, un hombre de Vermont (EE.UU.), también dejó un generoso regalo a su pueblo al partir. El caballero, conocido en la región por sus costumbres frugales, solía recolectar madera caída, ese era su hobby. Claro, tenía otro: la bolsa de comercio.

Al regresar de la Segunda Guerra Mundial, Read trabajó en una estación de servicio por 25 años y luego en una tienda departamental, hasta 1997. Lo que nadie sabía es que en su tiempo libre el caballero estudiaba la bolsa, compraba y vendía acciones. Se ve que era muy bueno, porque se hizo millonario, aunque nadie supiera de esa fortuna. Read mantuvo sus costumbres serenas, y nunca supo en qué invertir el dinero. Pero evidentemente amaba la región, porque a ella le dejó todo.

Al fallecer a la edad de 92, Ronald dejó 4,8 millones de dólares al Brattleboro Memorial Hospital y otros 1,2 millones a la Brooks Memorial Library. Ni el hospital ni la biblioteca habían recibido jamás tanto dinero. Y aseguran que todo mejorará gracias al aporte de este buen ciudadano. ¡Hermosos ejemplos!

Visto en Newser y Cadena 3

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