Buen Samaritano

Una murga sureña que da contención y alegría a los niños

Detrás de los complejos de cabañas y hosterías cinco estrellas de Villa la Angostura está el barrio el Mallín, popular y trabajador, al que no llega ninguna de las combis con turistas. Allí, nuestra cronista Melina Pariente se encontró con Fito Sedán, que soñó una murga para que los chicos del Mallín tengan su espacio y logró, a puro pulmón, que hoy suene el ritmo de “Cambalache, Murgón Angosturense”.

Por Melina Pariente

 

 

¿Cómo empezó la murga?

La murga empieza hace cinco o seis años. En la Casa de Cultura había unos instrumentos, un redoblante, un zurdo medio estirado… y nos juntamos con un par de músicos con la idea de hacer una murga acá en el barrio, dar una actividad para los chicos, para que se integren, para que aprendan a tocar. Empezamos a convocar chicos y se fueron copando, cada vez más. Y después, por diferentes razones de tiempo, los demás músicos se fueron abriendo. Y quedé yo. Empezamos a hacer eventos y con lo que recaudamos fuimos comprando los instrumentos, fuimos arreglando esos tres que ya teníamos… lo fuimos armando a pulmón, entre todos. En ese momento funcionábamos en el CCI, que es un comedor infantil. En el 2011 explotó el volcán Puyehue, así que estuvimos un tiempo parados.
Después nos volvimos a juntar y ahora estamos funcionando en la escuela 341.

¿Y qué se viene?

Ahora estamos haciendo encuentros en San Martín, viajamos para allá a tocar. Otra idea que tenemos es viajar a Suardi, ahí se hace el Encuentro Nacional de Murgas en octubre. Siempre nos falta un poco de plata para llegar… Vamos a ver si lo logramos en algún momento.

¿Es importante este espacio para los chicos?

Sí. A ellos les sirve como un lugar de contención, los aleja de otras cosas. Acá tienen un espacio, una actividad, las puertas están abiertas. Yo no tengo una formación social, pero creamos este proyecto, creció, y nos pone muy contentos. La idea es juntar gente, chicos de todas las edades y de a poco ir moviéndonos.
Yo quiero que el día de mañana esto sea de ellos. Mi objetivo es que los chicos se apropien ellos de la murga, que sea suya, del barrio, de sus hijos…

¿Cuántos son en la murga?

Al principio éramos seis, siete. Y después acá está el fenómeno del verano. Viene un montón de gente. Y ahí se suman. Algunos se suman nada más que a los viajes… pero bueno, vienen porque ya son parte de la murga y quieren engancharse a viajar, pero está perfecto. Mientras le pongan onda y nos acompañen. Aparte se puede hacer de todo en la murga, no sólo tocar. Es un equipo, algunos se encargan del maquillaje, otros de las viandas… Eso nos sirve. Antes de que explote el volcán llegamos a ser cincuenta. Después del volcán un poco se pinchó. Y, bueno, como la convocatoria es de boca en boca cuesta volver a juntarlos a todos. Ahora anotados hay treinta y pico de chicos, que vienen, más allá de la lluvia, la nieve, el invierno.

¿Reciben ayuda de algún tipo?

A veces hacemos algún evento, nos llaman, nos pagan para tocar… Yo este trabajo lo hago ad honorem. Estuve peleando para que nos reconozcan desde Cultura. Ellos lo que hacen es organizar talleres. Yo me presenté como tallerista y un año salió el reconocimiento. Pero este año ya no, fue un año solo. Digamos que no contamos con ayuda de ellos. Si viniera, bienvenida. Lo que sí tenemos es mucha gente que se copa, que le pone energía y nos ayuda. Nos traen comidas para los chicos. O si hacemos algún evento nosotros, preparamos comidas y la gente nos compra. Hay muchos predispuestos a ayudar. Tenemos una chica que nos hace las levitas, los trajes de murguero…

¿Cuáles fueron las mejores presentaciones?

Hubo dos. Una fue el primer viaje. Que fue como que nos marcó a fuego… Los chicos no lo podían creer. Viajamos a San Martín al encuentro de murgas y fue una experiencia que no nos la olvidamos más… que algo que empezó con tres instrumentos llegara hasta ahí… fue espectacular. Y después, el último viaje del año pasado, fueron al carnaval. Yo tuve una hernia de disco y no pude viajar. Así que fueron solos. Y, la verdad, ¡la rompieron! Los felicitaron, se enganchó todo el mundo. Estuvo bueno para mí haberlo visto desde afuera, otra perspectiva. Y un poco es la idea mía, generar y después hacerme a un lado. Dejar que la murga tenga vida propia, que la manejen ellos.

¿Qué satisfacciones te da la murga?

Un montón. Yo antes del volcán estaba acá en el barrio alquilando y los chicos venían a casa. A veces hacíamos murga los domingos a la mañana y yo me quedaba dormido. Así que me venían a buscar. Eso estaba buenísimo, ver que se copan, que ellos te vienen a buscar a vos… Después, esto de enseñarle a los chicos está re bueno, les enseñás de chiquitos y después ves que tienen dieciséis, diecisiete años y están enseñando ellos a los más chicos. Que el pibe pueda aprender está espectacular, acá es como el “señor bombo”, se corre la voz y ya está enseñando. Eso es alucinante, ver chicos que llegaron sin saber y ahora les enseñan a los nuevos. O los bailarines, los ves que suben videítos, sacan pasos… es lindo ver el resultado, el avance, que las cosas progresan y que se puede, ¿no? Que cualquier chico acá tiene su espacio.

¿Qué te mueve para hacer esto?

Y… a mí me encanta. Yo soy de La Plata. Y allá en el noventa y pico hubo así como un fenómeno murguero y se originaron un montón de murgas, hubo una gran movida, y yo lo vi, pero siempre de afuera. Después, cuando me vine para acá, se dio esta posibilidad y me encantó, me gustó vivir esto. Para mí lo mejor es cuando salimos. Ver el apoyo entre ellos… dejan todo los pibes. Eso me encanta. Si bien por ahí estaría bueno que nos lo reconozcan, que nos lo paguen o que haya un fondo para la murga… no importa. Porque ya está buenísimo hacerlo y ver la reacción de la gente. Se copan. Cualquier desfile o acto, va la murga, y ya es otra onda, otra movida. Eso es muy gratificante, te motiva.

¿Un sueño para la murga?

Un sueño… Bueno, me encantaría tener nuestro lugar. Si bien ahora funcionamos en una escuela, me gustaría tener nuestro lugar propio. Aunque sea un quincho. El quincho de la murga. Poder tener todo organizado, cabinitas, que cada uno tenga su chalequito, su galera colgada… y que lleguen y sepan que están ahí, que es su lugar. Eso me encantaría. ¡Y un 1114! ¿Viste los micros esos…? y ahí irnos para todos lados. Después, me encantaría ir a Suardi. Nosotros tenemos un muñeco gigante, que cuando lo bautizaron le pusieron Fito, cómo yo, Fitito. Cuando hicimos la votación para el nombre me durmieron y terminó ganando Fitito… Y siempre es una molestia ese muñeco, porque después nadie lo quiere llevar. Es un muerto. Entonces la idea que siempre tenemos es ir a Suardi, dura tres días el encuentro, y el último siempre hacen la quema del momo. Entonces nuestro objetivo es ir a quemar a Fitito ahí. (se ríe) Es loco porque yo veo a los chicos cuando vienen por primera vez que tienen nueve, diez años, y después pasa el tiempo y ya tienen quince, pegan el estirón… y ya son casi hombres. Y ahí digo, wow, verlos que siguen todavía con la murga, está buenísimo, te da satisfacción… Ese es el sueño más grande que tengo, que sigan creciendo y sigan en esto, que la murga también crezca y que este espacio siga estando, para todos. Y… que dentro de un par de años, yo pueda ir a ver a Cambalache, que ya sea de ellos, de los pibes que una vez vinieron de chiquitos a aprender a tocar.

Fito le pide a la murga que toque para las fotos. Enseguida se percibe la energía, la dedicación que le ponen las chicas a cada paso de baile y el ritmo que tienen los chicos en cada golpe de bombo. “Cambalache, Murgón Angosturense” te llega al corazón, te saca una sonrisa y te da ganas de bailar para festejar que, entre todos, se pueden lograr cosas grandes.

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