Entretenimiento

Un cine del ahora mismo: L´inconnu du lac (2013)

Con motivo del estreno de la extraordinaria película francesa – que estuvo su estreno en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes de 2013 – analizamos qué es tan fascinante, tan hipnótico, de esta minimalista fábula gay.

 

Por Guido Segal

 

El hermoso poster de la película

El hermoso poster de la película

 

Los tiempos cambian, y a veces más rápido de lo que pensábamos. El cine, lejos de estar muerto, también ha mutado en los últimos diez, quince años, buscando ser verdaderamente contemporáneo, hijo de su tiempo. ¿Y cuál es nuestro tiempo? Arriesguemos a decir que vivimos en el tiempo transicional por excelencia, aún a riesgo de sospechar que el mundo siempre vive de transición en transición. Digamos a tientas que vivimos en un mundo en el que todo está en cuestión, en el que ya no queda ni el viejo velo de la fe para salvarnos del inmenso vacío ideológico, ético, identitario. Vivimos en el mundo del caos y de las infinitas posibilidades, y hay que ver qué cine podemos tener que logre, al menos someramente – metonímicamente, en el mejor de los casos -, hacer frente a la realidad múltiple y compleja de estos tiempos. El cine contemporáneo, los cines contemporáneos, el cine que nos interpela socialmente, más allá de todo relato.

Por algún punto de los noventas empezamos a ser testigos de un cine reposado, contemplativo, que hacía del intersticio y de la larga pausa su razón de ser. Un cine rico en matices, pero que nada decía del mundo salvo como oposición, como pausada rebeldía. Ese cine que dominó el Olimpo de festivales y circuitos eruditos no ha muerto, sigue ahí, pululando, pero en menos de diez años todo ha vuelto a cambiar. El cine no está muerto, decíamos, y tampoco ha llegado aún a ser nuevo, pero sí sigue mutando, buscándose, y no hay nada más contemporáneo que la búsqueda perpetua, que la  falta de certezas.

Avancemos un paso más en el imprudente camino de teorizar la contemporaneidad en dos renglones. Un cine contemporáneo en serio se aventura en lo enorme desde lo pequeño, busca abarcar todo cuanto más se concentra, debe ser múltiple en sus objetivos pero acotado en sus medios; y si el cine ha vuelto a cambiar en pocos años, es porque el viejo relato ha vuelto, porque el mundo nunca se cansó de las historias y la nueva estética reposada y contemplativa ha recuperado al cine en el que el detalle minucioso se conjuga con el gran relato. No sólo se agradece dicha regresión al relato “clásico”, de algún modo, sino que de esa mezcla ha salido un cine más verdaderamente contemporáneo, si por “contemporáneo” entendemos a aquello que tiene un ojo puesto en el pasado y la tradición y otro ojo apuntando a ese futuro que aún no vislumbramos pero que sentimos desde el peso de su incertidumbre.

El desconocido del lago es una pieza eminentemente contemporánea, llega con la sencillez y la potencia del ahora. Pocas películas actuales se sienten tan propias y cercanas como esta. Como Alain Guiraudie, su director, explicaba en la Master Class que dio en el Malba, la película es apenas un paso en el camino hacia un cine nuevo, aún a medio andar entre el planteo abierto de temáticas y espacios poco frecuentados y un planteo formal clásico. Pero la modestia de su creador no debería engañarnos: lo que El desconocido del lago comprende con singular inteligencia es la proporción justa para dosificar dinamismo y tensión (elementos centrales de un cine clásico) con voyeurismo y suspensión del drama (elementos modernos) y relectura de la tradición y de los códigos genéricos (elementos del cine contemporáneo). Su absoluto éxito, el secreto de su magnetismo, es que nos pasea por zonas conocidas para adentrarnos en zonas apenas exploradas, y en ese equilibrio entre lo sabido – magistralmente incorporado – y lo nuevo nace el amor (fílmico).

 

Guiraudie, en la charla que dio en el Malba

Guiraudie, en la charla que dio en el Malba

 

Lo que Guiraudie aplica con mano magistral es la contención absoluta para explorar la diversidad absoluta. Todo el tiempo sentimos que estamos ante el alumno ejemplar de esos grandes genios del bajo presupuesto, como podía ser Jacques Tourneur. Porque mucho se ha comparado a Guiraudie con Hitchcock, y es cierto que en El desconocido del lago es suspense es notable, pero hay algo de los climas tensos y enrarecidos que se asemejan más al cine de ese francés que le enseñó a Hollywood el sentido del terror. Una sola locación, revisitada una y otra vez como en un maquiavélico tema con variaciones, apenas algunos personajes que entran y salen como en un rondó enigmático, y un fuera de cuadro del tamaño de un planeta, donde todo aquello que debería ser normal y costumbrista se vuelve marciano. Giraudie construye un mundo donde lo privado es público, y donde se palpa con simpleza el peligro del erotismo, la absoluta imposibilidad de saber quién es el otro.

El punto en el que Guiraudie se aleja de gran parte del cine contemporáneo – y sobre todo del cine francés -, donde crea una variante propia y muy bienvenida de contemporaneidad fílmica, es en esa simplicidad, en esa claridad de conceptos e ideas narrativas. No hay tiempo que perder, no hay secuencias que estirar ni pausas que desperdiciar en el cine tirante del francés. Hay un deseo inmenso de narrar y de ocultar, de entretener y de manipular, como en los viejos maestros. Pero también hay pijas, hay frenesí, hay corporeidad y sensorialidad total; la cámara de Giraudie no tiene tapujos, y si tapa o no muestra es porque no es conveniente para el elaborado tapiz general, no porque tenga pudor. Es fino equilibrio entre lo visto y lo no visto es extraordinario, y el modo en que el director maneja el elemento homosexual dentro de la película es de una madurez abismal: no es una película solamente para putos, no es una película sobre putos (aunque estén en el centro del relato), no es una película que invite a pensar a la homosexualidad particularmente ni que pretende polemizar. No hay nada que polemizar, no hay ninguna intención pueril de calentar a un público puritano con el despliegue de cuerpos masculinos en frotación: esas tonterías burguesas quedan para películas como La vida de Adèle, que atrasan, que siguen apostando a explotar las fantasías ocultas del gran público. El desconocido del lago está en otro nivel de inteligencia, está apuntando a cosas más importante y menos habladas, o invierte energías en pensar al amor, cosa que sigue siendo problemática en tiempos donde liberación sexual se confunde con desapego amoroso del cuerpo deseado.

Lo que la película de Guiraudie viene a demostrar es que no hace falta ser virtuoso y desplegar todas las cartas para dejarnos boquiabiertos. Que con poco, pero bien usado, se puede abarcarlo todo. Política, sexualidad, hipocresía, pudor, fe, todo coexiste en esta pequeña película, que además se permite navegar libremente entre el género y un cine de rostros, reflejos en el agua, deriva existencial. Giraudie hasta se permite reflexionar sobre la promiscuidad y la soledad, sobre las enfermedades y los celos, pero en una propuesta tan contenido y rigurosa en su formalidad que hasta hay espacio para la total ambigüedad, para que llenemos a la película del sentido que más nos satisfaga. Hasta su título nos permite pensar largamente. ¿Quién es, a fin de cuentas, El desconocido del lago? ¿Es el solitario y necesitado Henri, el “hétero-flexible”? ¿Es Michel, el macho alfa homoerótico? ¿Es el mismísimo Franck, que no termina de conocerse a sí mismo? ¿O son todos ellos los desconocidos, a ojos nuestros, los espectadores? Aferrado al todo y a lo diminuto, Giraudie juega con todas las respuestas y no nos da ninguna, y así, como un encantador de serpientes, nos entre-tiene (nos “tiene entre”) de comienzo a fin. Si el cine contemporáneo es éste, bienvenido sea, que venga más seguido.

Crítica publicada conjuntamente entre Buendiario y El Amante Cine.

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