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Programa peruano rehabilita presos gracias a la moda

Pietá es una marca de ropa cuya elaboración se hace íntegramente por presos de algunos de los centros penitenciarios más conflictivos de Perú. Así, el trabajo ofrece una nueva vida.

 

 

La creatividad puede ser el camino a reformarse. Así como las marcas recurren a mentes creativas para que sus compradores no las vean simplemente como corporaciones sin alma, esta búsqueda de una identidad y una esencia se puede aplicar a lo social. Y eso está pasando en Perú, a través de la marca de ropa Pietà, elaborada y pensada por presos de algunas de las cárceles más notorias del país. Thomas Jacob, coordinador de la propuesta, monta la colección y recurre a los mismos presos para modelar las prendas.

Jacob, un joven diseñador de moda originario de la Bretaña francesa, llegó a Perú en 2011 lleno de aspiraciones que rápidamente se convirtieron en desilusiones. Después de trabajar en Chanel, en París, se trasladó a Lima para incorporarse a una firma de moda europea; lo que vio es maltrato laboral y actitudes inescrupulosas. “Ni las condiciones para los trabajadores eran tan buenas ni las cosas se hacían tan bien como deberían. Algo más sangrante todavía si se tiene en cuenta que esta ropa luego se vendía a unos precios carísimos en países occidentales. Me quedé con un mal sabor de boca”, cuenta el francés.

Un día, una amiga que dirigía un programa de teatro en la cárcel para mujeres de Santa Mónica le pidió que la acompañase. Fue allí donde empezó Jacob a ver una salida a su desesperanza inicial. La cárcel, para él, era un lugar con un capital humano incalculable. Un espacio lleno de talleres de costura con máquinas en desuso y personas deseosas de rellenar su tiempo con actividades productivas. Comenzó a trabajar con otras cárceles como la de Lurigancho, considerada de las más peligrosas del país. “No quería que fuese una marca cualquiera con una historia potente pero con un producto de segunda. Había que demostrar, además, que estos chicos eran capaces de hacer ropa que pudiese competir con cualquier estudio de costura en cuanto a calidad”.

Materias primas no les faltaban. Perú tiene buena oferta de cashmere, alpaca, seda y algodón, todos orgánicos. Los pasados truculentos, además, quedan atrás: “Es una aventura humana en la que se crean vínculos muy fuertes. Es trabajar para montar algo juntos. Son mis amigos y muchos son más normales de lo que uno se esperaría. Han cometido errores. ¿Quién no los ha cometido alguna vez?”, piensa el diseñador.

El programa de trabajo está creado precisamente para transformar los errores del pasado en un círculo virtuoso que pueda contribuir a la reinserción de los trabajadores de Pietà. El trabajo provee a los presos de un oficio. La remuneración (por encima del salario medio) les permite ahorrar. “No quiero que Pietà se quede en algo de nicho. Quiero que vendamos bastante más para crear muchos más trabajos”, dice el francés, que busca que los compradores tengan nexo con los fabricantes, algo que parece perdido en el mercado actual. La estética que predomina es la callejera, aunque Jacob considera que la marca tiene más que ver con un proyecto artístico que con algo comercial.

“Pese a nuestras dificultades y los prejuicios, no bajamos la cara, sino que seguimos adelante con humildad y mucha ambición. La Pietà es la última etapa por la que pasa Jesús antes de la resurrección que da pie al renacimiento”, dice el organizador sobre el nombre, y el proyecto que hoy da nueva vida a muchos presos.

Visto en Yorokobu

Agradecemos a Alicia Pérez Estévez por enviarnos esta noticia.

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