Pura vida

Nuevo biocombustible en base a sobras del whisky

Celtic Renewables, una empresa escocesa dedicada a la investigación energética, resucitó un proceso de fermentación olvidado que permite transformar los resabios de la industria del whisky en millones de galones de biocombustible limpio y renovable.

 

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La desrilería Tullibardine, quien aporta material a Celtic para su estudio

 

Basta con verlo así: en una destilería, sólo el 10 por ciento del líquido que sale será el futuro whisky. Gran parte de lo que sobra es lo que se llama el “draff”, el residuo de los granos de cebada, y “pot ale”, un líquido con restos de cobre. La destilerías escocesas desechan más mil quinientos millones de litros de “pot ale” y quinientos mil toneladas métricas de “draff” cada año. “Los fabricantes tienen un enorme problema de desechos”, cuenta Martin Tagney, fundador y presidente de Celtic Renewables.

El objetivo de la empresa, entonces, es transformar esos descartes en biobutanol, un biocombustible que puede dar lugar a una industria de 90 millones de dólares. Rosemary Gallagher, vocera de la Asociación Escocesa de Whisky, dijo que la industria está muy abierta a la idea: “Seguiremos el progreso de la Celtic Renewables con mucho interés”, recalcó.

Deshacerse de los material sobrantes le cuesta a las destilerías unos 375.000 dólares anuales. Es por eso que Tullibardine, un fabricante de whisky con sede al norte de Edinburgo, está aportando materia bruta para que Celtic pueda producir alcoholes industriales como el biobutanol, el cual es muy superior al etanol, el combustible más popular en la actualidad. El proceso utilizado se llama ABE y se logra utilizando a una bacteria, la Clostridium acetobutylicum.

Fue Chaim Weizmann, un químico de la Universidad de Manchester, el primero en llevar a cabo el proceso de fermentación ABE, hacia 1915, con el objetivo de producir acetona, útil en la industria armamentística. Hacia los años 50, de todos modos, el proceso había sido olvidado, en parte porque el petróleo se había vuelto realmente barato. Recién en 2005 resurgió la idea de usar al proceso para producir biobutanol como forma de combustible, gracias al inventor norteamericano David Ramey. El creador logró producir combustible natural a partir de materiales como maíz, caña de azúcar y celulosa. El año siguiente, Cathay Industrial Biotech, de Shanghai, empezó a producir biobutanol a partir de la maizena.

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El biobutanol es capaz de ofrecer 25 por ciento más de energía por volumen que el etanol, y es más fácil de almacenar y de manipular. Además, no necesita ser modificado y puede mezclarse con diesel y biodiesel. Además, el biocombustible que ofrece Celtic, al estar hecho con basura orgánica, no requiere el uso de tierras adicionales ni el uso de cosechas que de otro modo pueden ser usadas como alimento.

Tagney es profesor de microbiología y director del Centro de Investigación en Biocombustibles de la Universidad Napier de Edinburgo, lo cual demuestra que sabe de lo que habla. Pensando en cómo producir biobutanol sin necesidad de invertir más dinero ni recursos, pensó en el whisky, la industria más icónica de Escocia, cuyos desechos son renovables y abundantes.

Zero Waste Scotland, una agencia financiada por el estado escocés, dio una beca de 232.000 dólares a Celtic para ayudar a deshacerse de los desechos con fines productivos. Tagney ya lleva recuadados más de un millón de dólares para lograr impulsar a su país a base de biocombustible. “Creemos que este proyecto es increíblemente diferente, es fantástico”, comentó Dennis McPhail, inversor. “Martin Tagney es un experto mundialmente aclamado en el campo y confiamos en él”.

McPhail considera que esta tecnología no sólo puede aplicarse a otros tipos de whisky (como el bourbon), hechos en Estados Unidos, Canadá o Japón, sino que también podría aplicarse al vino y a la cerveza; incluso, tal vez, a la comida y a la industria del papel. Pero, además, el proceso no sólo producirá combustible, sino otros dos productos comerciales: bioacetona y restos procesados que sirven para alimentar animales.

Lo único que Tagney pide es que nadie sirva su biocombustible “on the rocks”.

Visto en National Geographic

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