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Las más delirantes cábalas de Bilardo en el Mundial del ´86

A menos de dos meses para que empiece el mundial, Buendiario te trae las mejores historias del DT más cabulero de la historia de nuestra selección: Carlos Bilardo.

 

Bilardo, dirigiendo.

Bilardo, dirigiendo.

 

El mundial es el evento futbolístico más grande del mundo. No hay competencia que se le compare.
La emoción, la excitación y, sobre todo, la locura que conlleva este torneo son tan grandes que es imposible no dejarte llevar por esa marea. Quizás por eso se realiza cada cuatro años, porque algunos corazones no aguantarían.

La Selección Argentina llegó, en toda su historia, a cinco finales, de las cuales solo pudo ganar dos (’78 y ’86). Por lo tanto, no son muchos los argentinos que lograron levantar la tan deseada copa del mundo. Por eso es más de uno el que se sorprende cuando se entera que Carlos Bilardo, campeón del mundo como director técnico de la selección en el mundial de México ’86, no quiso levantarla.

Érase 1986, y la final del mundial era disputada por Argentina y Alemania, en el mítico Estadio Azteca. El conjunto argentino estaba derrotando al alemán por tres tantos contra dos y estaban todos los albicelestes de fiesta. O casi todos, ya que el narigón Bilardo (con la certeza en la cabeza de que ganaría también el mundial siguiente) se había ido al vestuario enfurecido, a recriminarle a sus jugadores los tantos que les cometieron en pelota parada los europeos, jugada que habían practicado infinidad de veces en la semana previa.

 

Bilardo y el tan amado Maradona.

Bilardo y el tan amado Maradona.

“El doctor” (apodo ganado gracias a su título en ginecología) es, para mi humilde opinión, el mayor símbolo de “locura por el mundial” que tenemos. Eso lo ha demostrado a través de muchas declaraciones y distintos actos, pero nada caracteriza más a Carlos que una cosa: sus cábalas.

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A lo largo de sus dos mundiales al mando de la selección mayor, Bilardo fue sumando distintas costumbres que se debían realizar antes de un partido. Por “mala vibra” o “buena suerte”, fue sumando y descartando distintos actos. Y mal no le fue. “Un entrenador tiene que estar en todo” dijo alguna vez el narigón.

Ricardo Giusti, volante en la selección de Bilardo, contó tiempo después:

“nosotros parecíamos una secta y Carlos nuestro gurú”.

Hoy retirado, Giusti aclara que todos tenían algo asignado. Él, por ejemplo, dejaba un caramelo en la mitad de la cancha en todos los partidos.

Lejos de significar algo extraño, estas prácticas eran una costumbre que el DT obligaba a realizar porque “no vaya a ser cosa de que la pelota pegue en el palo y se vaya para afuera”.

Todos los actos que Bilardo, su cuerpo técnico y sus jugadores realizaban, eran cosas que pasaron por casualidad, pero a las cuales él decidió darles más importancia de la que, quizás, se merecían, entendiendo que de alguna forma influyeron en el resultado final del partido.

Algunas cábalas tenían que ver con los horarios. Bilardo dormía únicamente de 14 a 16 (según él, por la excitación que le generaba el mundial), luego de eso llamaba a su esposa (siempre a las 17 en punto) y, finalmente, tomaban mate todos juntos (por supuesto, siempre en el mismo horario). Otras, más simples, tenían que ver con el cuidado personal: Tapia se afeitaba aunque no lo necesitara y Brown le prestaba el dentífrico a Bilardo, aunque éste tuviera en el cuarto.

 

el equipo del 86.

el equipo del 86.

 

Algunos jugadores comían, antes de cada partido, la misma hamburguesa, siempre en el mismo lugar. Además, tenían que invitar a almorzar con ellos a tres señoritas que pasaran juntas (práctica que se dificultó con la llegada de algunas de sus esposas).

En general, todos los equipos tienen cierta rutina previa a los partidos. Por comodidad, por costumbre o por cualquier otra cuestión, los planteles suelen repetir su accionar antes de los partidos… ¿pero qué pasa si ese accionar se repite a la perfección?

En el momento de subir al micro, Pachamé (ayudante de campo) siempre era el último. Una vez que este lo hacía, el profe Echeverría (preparador físico) preguntaba si estaban todos. Absolutamente toda la delegación tenía la obligación de mantener su lugar en el micro. Quienes también debían respetar su lugar eran Tobías y Jesús, los policías motorizados que acompañaron al plantel en todos estos traslados (por pedido expreso del DT).

En este recorrido, del hotel al estadio, se escuchaba siempre el mismo casete, el cual contenía tres canciones: “Total eclipse of the heart” de Bonnie Tyler, “Eye of the Tiger” de Survivor (Rocky III) y “Gigante chiquito” de Sergio Denis. Esta última debía ser escuchada al final, y terminar en el mismo momento en que el micro paraba en la puerta del estadio. Cuenta Ruggeri (defensor central del equipo de Bilardo) que en la final del ’86, el operativo policial había sido tan bueno que el micro tardó mucho menos de lo esperado en llegar a destino. Pero, como debía cumplir con la cábala, los últimos metros del recorrido se realizaron a una velocidad semejante al paso de una tortuga.

 

 

 

 

 

Ya en el vestuario, el entonces jefe de prensa de AFA (Asociación del Fútbol Argentino), Washington Rivera, realizaba siempre el mismo saludo general y Moschella (dirigente) les llevaba las planillas a los árbitros.

Los jugadores también tenían lo suyo: El negro Enrique (volante de aquella selección) debía pedir que le alcanzaran sus ojotas (aunque las tuviera cerca), Maradona (quien no creo que necesite ningún tipo de descripción) dibujaba una figura humana en el piso con su ropa y nadie podía pasar por encima de ella.

Después de los masajes pre-partido, el Tata Brown (defensor del seleccionado de Bilardo) atendía el teléfono público ubicado en el vestuario, el cual “oportunamente” sonaba siempre a la misma hora. Luego de saludar con un “hola” y no recibir ningún tipo de respuesta, el respondía el silencio siempre con el mismo insulto.

Llegado el momento de ingresar al verde césped para jugar el partido, los jugadores debían ordenarse siempre de la misma forma. Mientras se dirigían al campo de juego, Olarticoechea (otro defensor del conjunto albiceleste) volvía al vestuario para ir al baño (aunque no lo necesitara).

 

La clásica formación de Bilardo.

La clásica formación de Bilardo.

Bilardo, quien era el último argentino en salir del túnel, le daba una palmada a Burruchaga (atacante, último jugador de la mencionada fila), hablaba exactamente diez segundos con los mismos dos fotógrafos de la revista El Gráfico y corría en dirección al banco de suplentes (donde siempre se encontraba la misma réplica de la virgen de Luján), para sentarse primero en uno de los extremos.

Ese tipo de locura es la que desata el mundial. Los fanáticos a lo largo del mundo (sobre todo los argentinos) tenemos esa necesidad de aportar nuestro granito de arena para que nuestra selección se sienta acompañada. Cantar las canciones, usar siempre la misma camiseta y ubicarnos siempre en la misma posición son algunas de nuestras cábalas u “ofrendas” a esos 23 jugadores que tienen el mismo objetivo que el resto de sus connacionales: ganar la copa del mundo.

Si tenés alguna cábala que quieras compartir con nosotros, estás invitado a escribirnos en los comentarios. ¡Te leemos!

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