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Los diarios de Cannes, capítulo 4: ¡Llegó la magia!

Aquí sigue el cronista de Buendiario, días tras día, incensantemente corriendo detrás del cine en el Festival de Cannes. Películas, fiestas, excentricidades… nada les es ajeno al ajetreado cronista de Buendiario.

 

El cronista (der) junto a su querido amigo, Daniel Brühl (centro)

El cronista (der) junto a su querido amigo, Daniel Brühl (centro)

 

Cuando hay excesiva concentración de gente de renombre, las caras simplemente aparecen. Sí, no es magia: uno va caminando y zas, se le aparece una estrella de Hollywood. Y ahí uno empieza con el clásico “ah, pensé que era más alto/a, lindo/a, con mejor cutis”, que no es otra cosa que el modo en que los seres humanos naturalizamos el éxito ajeno. El cronista, sin ir más lejos, no para de encontrarse con estos personajes por las calles de Cannes, como muestra la evidencia que aquí abajo les deja. El muchacho del medio se llama Daniel Brühl, saltó a la fama por la película Goodbye Lenin y hace poco brilló como Niki Lauda en la película Rush, de Ron Howard. Sí, amigos, el cronista tiene amigos en las más altas esferas.

Pero, celebridades aparte, hay cine, mucho cine. Y no solo del que estalla en la fornida programación de Cannes, sino el que brota como lava de las diferentes salitas del Marché de film, el evento paralelo de Cannes donde todo el mundo compra y vende películas, como en un mercado persa. Uno puede ir caminando por al calle y, apelando a bellas palabras, ingresar a ver una película de zombies 3D como Dawn of the dead, de George Romero (remasterizada, claro) y complementar tanto cine “de calidad” con un poco de diversión a la vieja usanza. ¿Qué se pensaban, que en Cannes solo se ven maravillas elevadas? No, amigos, es un comercio: todo está a la venta, desde lo intelectualoso hasta lo más populoso.

 

¡Zombies en Cannes! Y 3D...

¡Zombies en Cannes! Y 3D…

 

Y hablando de cine, digamos que empezaron a aparecen películas que rompen el molde. ¡Al fin! Si la competencia oficial venía algo sosa, finalmente algo sobresale, se destaca. Se trata de Still the water, la extraordinaria película de la japonesa Naomi Kawase. La íntima belleza del relato, que abarca las vidas de dos amantes adolescentes y sus padres en una isla japonesa, es cautivante y conmovedora. La directora ama a sus personajes, y logra algo muy complejo: construir una reflexión profunda sobre la vida y la muerte, la naturaleza, la oposición entre la vida en las ciudades y la vida en zonas menos urbanizadas… todos grandes temas universales que ella logra unificar en una película lúcida, cercana y muy hermosa, sobre todo en sus secuencias subacuáticas, donde los jóvenes amantes nadan desnudos, unidos en comunión con la naturaleza. Es realmente un placer que haya una película de la competencia que escape la medianía, que vaya más allá de la exploración de géneros cinematográficos o que exceda ciertos clichés de crueldad y perversión que a Cannes tanto parecen gustarle.

 

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La maravillosa Kawase (centro) junto a su elenco en la premiere

 

La otra gran película que el cronista pudo ver se dio en la Semaine de la critique, fuera de competencia. Se trata de Kindergarten Teacher, de Nadav Lapid. Su segunda película (después de la controvertida Policeman, que se dio en el Festival de Buenos Aires hace dos años) gira entorno a una maestra de preescolar y el descubrimiento de un niño genio, que redacta los más extraordinarios poemas, casi sin saber cómo. Hay algo de deber ancestral y patriótico en proteger a ese niño genio, una especie de Mozart de las letras, y la mujer se entrega a ese rol, sacrificando todo, su amor familiar, su trabajo, su rutina. La metáfora funciona a la perfección, dentro de un tono naturalista bien llevado y matizado por una aguda puesta de cámara, donde el director se juega con precisos planos largos que circulan entre cosas y personas. También apuesta a la extrema cercanía, que es tal que hasta los actores chocan contra la cámara por momentos, y el golpe no está disimulado. Así es su película: seca, intensa, fuerte. Te golpea. Y hay belleza, mucha. El mensaje es claro, pero no por eso menos interesante: la cultural comercial se está comiendo a la poesía, y hay que preservarla. Dice su director que hay algo autobiográfico, que él era ese pequeño niño poeta, y que todos los poemas de la película los escribió él, a sus cuatro años. Es una buena noticia, porque quiere decir que ese pequeño creció y es ahora un gran cineasta, con un futuro muy prometedor.

 

Una imagen de la extraordinaria película israelí The Kindergarten Teacher

Una imagen de la extraordinaria película israelí The Kindergarten Teacher

 

Mención aparte para grandes cineastas que pasaron por la Croisette: los hermanos Dardenne presentaron su nueva película, Dos días y una noche, con la particularidad de que por primera vez trabajan con una estrella. Siempre abocados a problemáticas sociales, a temáticas ligadas al trabajo o su falta, a las penurias económicas o a la inmigración ilegal en Europa, esta no es la excepción. Claro, el tema es que tienen a Marion Cotillard, que aquí hace de una mujer comun, afeada para que no se note que es una celebridad, en una situación donde se pone a prueba la solidaridad entre gente humilde. La película plantea el problema de si la gente se ayuda entre sí en tiempos difíciles. Y funciona, claro, los Dardenne son grandes cineastas, pero siempre parecieran hacer lo mismo, y hubiera sido interesante ver qué hacían con Cotillard si no hubieran intentado ocultar su status de diva (que además es, ahora, cara principal de Dior). Como hizo Bruno Dumont el año pasado con Juliette Binoche en Camille Claudel 1915, hubiera sido hermoso ver un quiebre, un cruce entre esos dos mundos que inicialmente parecen incompatibles.

 

Cronenberg juntos a sus estrellas: Cusack, Moore, Pattinson

Cronenberg juntos a sus estrellas: Cusack, Moore, Pattinson

 

Otro que trajo película nueva es David Cronenberg. Su fibrosa Maps to the stars es eléctrica y furiosa, está cargada de energía cruda y desencantada, pero tampoco es nada del otro mundo. No es lo que usualmente nos da Cronenberg, y eso podría ser bueno, pero en este caso uno siente que hay algo menor en la propuesta. Seguramente esta tenga estreno comercial, ya lo verán con sus propios ojos. Mientras tanto, y por mucho que se merece reconocimiento, este probablemente no sea el año de Cronenberg.

Sigue viaje este cronista, hasta la próxima, mientras el festival se acerca a su fin. Au revoir, mes amis, au revoir…

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