Efemérides bd

La verdadera Escuela de Chicago

La composición racial y demográfica de EEUU fue históricamente compleja. Desde la época de su organización nacional (con la división de sus estados, las guerras independentistas y civiles y la conformación de un sistema político de representación, que sirvió de espejo para el armado de posteriores estados, fundamentalmente en América Latina) el gigante del norte siempre se nutrió de las particularidades de numerosas colectividades que encontraron en EEUU una vía de escape de las realidades conflictivas en las que estos grupos estaban involucrados en sus regiones.

Por Nicolás Moretti

Buendiario-Harold-Lee-Washington

Irlandeses, judíos, chinos, latinos, europeos occidentales y orientales, etc. Cada comunidad tuvo que lograr insertarse en la cosmopolita sociedad norteamericana de la mejor manera posible, tarea muy difícil y que duró muchos años. Lamentablemente un grupo se caracterizó por las enormes dificultades de acceso pleno a sus derechos como ciudadanos, en el marco de una inenarrable y constante discriminación: los afroamericanos. Sin embargo, nuestro buscador de buenas noticias siempre encuentra algo significativo y digno de recuerdo aún en la más absoluta desventaja.

Aparte de los Bulls, de Jordan, de los musicales, de los economistas y de las series de la NBC, Chicago tiene la singularidad de ser la segunda ciudad de EEUU y de haberse convertido en la capital negra de esa nación, fundamentalmente en su franja sur. A principios del siglo XX una voluminosa ola migratoria tuvo a Chicago y a otras ciudades del oeste de EEUU como receptores de alrededor de 2 millones de afroamericanos que buscaban escapar del feroz y asqueroso racismo y que trataban de conseguir un empleo en las ciudades que tenían una actividad industrial más intensa. Aunque muchos de ellos lograron acceder a un trabajo asalariado, la discriminación nunca desapareció. Ante lo masivo y repentino de esta movilización, la clase trabajadora de origen europeo ofreció un gran resentimiento hacia la población negra, temerosa de perder sus puestos de trabajo y los avances conseguidos luego de años de luchas sindicales. Situación que se repetiría en todas las grandes ciudades del país.

En este duro contexto, donde, para la población de color, tener la posibilidad de educarse era casi un milagro (entre muchísimos otros “privilegios”), nació, vivió, se educó y desarrolló su militancia política, un hombre que pasaría a la historia por haberse convertido en el primer intendente negro de alguna ciudad norteamericana: Harold Lee Washington.

La historia personal de Harold (lo llamaremos por su nombre, primero porque nos cae bien y, segundo, porque no queremos que ningún descuidado lo confunda con George) es una historia cruda y de muchas carencias que se une a la de prácticamente todos los individuos de color que vivieron en EEUU en el siglo XX. Hijo de un abogado, que se ganaba la vida como oficial de policía, y de una cantante, Harold completó su educación primaria pero no pudo terminar la secundaria a causa de la descontrolada xenofobia imperante en EEUU en la década del 30. Como muchos de su condición, tuvo que servir en el ejército de su país durante la Segunda Guerra Mundial porque no tenía otra opción. Integró una unidad racialmente segregada (cuando no) en la Fuerza Aérea, donde se desempeñó como ayudante de ingeniería en la construcción de pistas de aterrizaje en el frente asiático.

Histórico militante del Partido Demócrata, Harold fue el único estudiante de raza negra en completar los estudios de abogacía en la Universidad Northwestern, en 1952. Su incansable militancia por la igualdad dentro de su partido, su capacidad como administrador y su enorme personalidad lo destacaron por sobre el resto durante toda su vida. Su carrera política incluye cargos de todo tipo y color a nivel local y nacional pero también más de una, llamémoslas así, injustica. Muchas de ellas evitables para cualquier hijo de vecino.

Por ejemplo, siendo concejal y portavoz de su partido en la Cámara de Representantes, pasó más de un mes en prisión por no haber completado sus planillas impositivas durante muchos años, lo que se denomina evasión de impuestos. Quizás un descuido, quizás no. Sabemos cómo son los norteamericanos con estos asuntos fiscales. Pero también sabemos que la política es sucia y que por el mismo motivo fue encerrado Al Capone.

En fin. Su gran momento, para lo que luchó toda su vida, llegó en 1983. El 12 de Abril la población de Chicago lo convirtió en alcalde de la ciudad y también en el primero de piel negra en la historia de su nación. Con opositores en todas las esquinas, Harold adoptó un estilo de gestión transparente y, en más de una oportunidad, convocó asambleas de vecinos para decidir algunas políticas para su distrito, algo nunca visto hasta ese momento.

Ganó la reelección en 1985 y fue recién en ese momento cuando pudo gobernar con mayoría y con menos miradas recelosas de los habitantes de Chicago. De un ritmo vertiginoso de trabajo, todos sus secretarios (entre ellos un tal Barack) le recomendaban que adopte un estilo de gestión donde pueda delegar mas obligaciones debido a las señales que su salud le enviaba cada tanto. Estas señales rara vez fallan y Harold falleció en su despacho de un ataque al corazón en 1987, seis meses antes de terminar su segundo mandato.

Es de público conocimiento la ciudad de origen del actual mandatario de EEUU y por supuesto su condición racial. Harold fue un pilar político fundamental, al igual que tantos otros activistas negros, para que un afroamericano pueda llegar a la primera magistratura en EEUU, aunque este no haya sido el fin primario de la lucha de los afroamericanos. No fue una lucha política, fue (y sigue siendo) una lucha social. Con sus idas y venidas, todas las sociedades del mundo siguen avanzando hacia lo que cada una de ellas entiende como igualdad. Esa palabra puede ser entendida de cierta forma en Occidente y de otra en Oriente, por cuestiones religiosas fundamentalmente. Pero los patrones negativos atraviesan a todo el mundo. Robar está mal aquí y en Sumatra.

Recordar la historia de Harold nos afirma en nuestro camino hacia la eliminación de las diferencias de cualquier tipo y color.

Hasta la próxima.

¡Salud!

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