Buen Samaritano

La Pachamama está de fiesta

Desde un paraíso en el barrio de Belgrano, los integrantes de Un Árbol para mi Vereda dan oxígeno y amor a toda la zona. Presentamos a Lisandro, Marcos, Santiago y Alejandro – hacedores de árboles.

Por Amit Wior

 

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Se puede decir que todo comenzó cuando Lisandro, todavía movilizado con el nacimiento de su primogénito Vito, conoció a Marcos en un curso de producción de árboles y arbustos. Vamos a plantar árboles en las veredas, dijeron.

Poco a poco fueron afinando la propuesta y hoy, la clave del proyecto que gestionan junto a Santiago y Alejandro, radica en la participación de los vecinos. Son ellos quienes dan inicio a la magia expresando su deseo de plantar un árbol en alguno de los tantos canteros vacíos que existen en la ciudad. Los árboles quedan bajo cuidado de su padrino durante un año – las cuatro estaciones que requiere hasta volverse autosuficiente.

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De todos los árboles que hemos dado en adopción, el 96% sigue en pie dos años después”, explican. “Un porcentaje ampliamente superior al 10% gubernamental”. Al tratarse de árboles nativos exclusivamente, no requieren tanto cuidado; “el árbol ya tiene en su memoria genética toda su historia, y está acostumbrado al régimen de lluvia, bichitos y demás factores externos”. Son especies que han eco-evolucionado junto a otras plantas y animales para protegerse y depredarse mutuamente en un delicado equilibro. “Somos militantes del arbolado urbano con especies nativas”, dicen medio en chiste, medio de verdad.

Esto último, que parece un detalle menor, implica un cambio de paradigma fundamental. La antigua “mirada a Europa” ha generado que el 98% de los árboles que viven hoy Buenos Aires no sean autóctonos sino que se han sido traído de Paris y otras partes del mundo. “En esa época no había el conocimiento que tenemos hoy sobre los posibles desequilibrios que podrían generarse trayendo especies exóticas”, explican. “Se le tenía algo de miedo incluso a todo lo que había en América, y no existía mucho interés en revalorar lo autóctono”.

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Existen 45 especies de árboles en la eco-región del Río de la Plata y, sorprendentemente, el Jacarandá no es uno de ellos. Se trata de un árbol de la selva misionera, y su semilla de corta vida no logra viajar en el río para germinar en tierras porteñas. Al igual que la Tipa, es un árbol local pero no de la región rioplatense – bellos árboles que engalanan la Avenida del Libertador pero poco tienen que ver con nuestra geografía original.

 

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Lo ideal sería incluir esto en la planificación urbana, como en la Ciudad de La Plata, donde cada dos cuadras hay una plaza. Otra alternativa sería empezar a aprovechar el pulmón de manzana. Donde ahora se ponen estacionamientos podría haber árboles”. La OMS recomienda, en general, mantener entre 10 y 15 m2 de área verde por habitante. En la Ciudad de Buenos Aires existen solo 6 – contando la reserva ecológica que tiene 350 hectáreas completamente naturales. Sin considerar la reserva, existen aproximadamente 1.5 m2 por habitante, que es un 10% de lo recomendado.

Desde su organización buscan entonces brindar herramientas para reconectar al hombre con su naturaleza. “Somos la naturaleza,” insiste Lisandro, “y esta es nuestra forma de honrar el lugar donde estamos”. “Conocemos dónde queda la parada del 152 y el supermercado, pero no tenemos ni idea de qué es lo que vive acá; con quién habitamos”, invita a pensar Santi – una forma de conectar con el lugar, con la tierra, el clima y ciclos de la naturaleza que son también los nuestros.

 

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Además de bellos, los árboles regulan con sus raíces la humedad del suelo y equilibran posibles sequías o inundaciones. Sus ramas dan hogar a infinidad de seres – algunos que ni siquiera podemos ver. Sus hojas filtran el aire, dan oxígeno, sombra y, en cantidad, pueden generar una barrera sonora, frenando ruidos de la autopista o las vías de tren.

Fijate qué relacionados estamos los hombres con los árboles, que nosotros exhalamos lo que ellos inhalan, y ellos exhalan lo que nosotros necesitamos para respirar. Hay una relación ancestral ahí… medio que somos los monos que nos bajamos de los árboles – esa era nuestra casa”. Es que, aunque suene trágico, sin árboles no hay humanidad. Es importante tomar conciencia de cuánto los necesitamos, y cuánto ellos nos necesitan a nosotros para sobrevivir en la ciudad, explican.

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Lo que aprendieron en la facultad es un sistema de producción, un “método industrial aplicado a la Pachamama”. Hoy se sustentan dando talleres, generando acciones de responsabilidad social empresaria y programas de forestación junto a organismos de gobierno.

Su vivero, convertido ahora en centro cultural, es espacio de múltiples actividades, exposiciones, tambores y cuencos. Invitan a vecinos de cualquier zona a sumarse a la cruzada – a este movimiento cada vez más grande de gente que se está encontrando a sí misma. Quieren más gente como Silvina, que esa mañana se había acercado para plantar “un bosquecito” al costado de las vías.

Este es el pequeño gran aporte de Un Árbol para mi Vereda; la causa de Marcos, Santiago y Lisandro para que su hija más pequeña, Selva, pueda crecer rodeada de naturaleza.

Para contactarlos >> Un Árbol para mi Vereda

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