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La ONU lleva luz a campos de refugiados en Asia y África

La costumbre nos hace olvidar lo clave que es la electricidad para nuestras vidas. Por eso la iniciativa de llevar luz a millones de refugiados es una excelente noticia.

 

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El mundo occidental nos tiene acostumbrados a ciertas comodidades que, en comparación con otros, podríamos valorar más. Abrir la canilla y que salga agua, contar con gas para poder cocinar, tener un hospital a mano en caso de malestar. Hay alrededor de 52 millones de personas que en la actualidad viven lejos de su hogar como consecuencia de conflictos, guerras y persecuciones diversas, y para ellos esos servicios no existen. Aproximadamente 17 millones de ese colectivo son refugiados, y de ellos la mayor parte están bajo el amparo de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en los cientos de campos que la organización tiene por el mundo.

En estos campos, lo primero que se hace es cavar pozos para aprovisionarse de agua. Conseguir comida y combustible para cocinar viene en segundo lugar, y recién entonces vienen la educación y la salud. La luz parecería ser lo último necesario, pero justamente está directamente ligada a todo lo demás: la luz permite ver a los demás y sentirse más seguro, o pedir ayuda en caso de tener un problema. “Es increíble cómo le cambia la situación a la gente tener luz para continuar su vida después de que cae el sol”, cuenta desde Etiopía el cooperante José Antonio León Barrena, que lleva más de seis años trabajando con la ACNUR y ha pasado antes por Sudan, Somalia y Afganistan. “Muchas mujeres sufren abusos sexuales cuando van a las letrinas o al salir a buscar leña para cocinar. Con una simple luz desciende el número de agresiones, los niños pueden estudiar de noche y las familias reunirse y socializar”, asegura el español, aclarando lo fundamental que es el nuevo aporte de la ONU.

 

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La ACNUR y la Fundación IKEA llevan adelante el proyecto conjunto para proporcionar lámparas solares e instalar iluminación sostenible en los campos de refugiados. Así, por cada bombilla LED vendida por la empresa sueca en sus tiendas de todo el mundo desde el 1 de febrero al 28 de marzo, su fundación dona un euro para el proyecto El poder de la luz, que el año pasado recaudó 7,7 millones de euros (500.000 en las 15 sucursales de España), y benefició a 350.000 refugiados en Etiopía, Chad, Bangladesh y Jordania. Este año se espera beneficiar a 380.000 refugiados, incluyendo también a Sudán. Siria solamente tiene 3.800.000 refugiados, y a ellos apunta el siguiente paso.

Aunque más no sea para jugar o enseñar ajedrez por las noches -como lo hace Kareem, un jordano de 65 años-, estas lámparas solares le cambian la vida a la gente. “Después de la guerra, estos pequeños placeres son la vida”, dice el refugiado, que no habla solo por sí mismo.

Visto en El País

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