Efemérides bd

La grandeza de lo sencillo. Locche, el mejor de todos.

Los ídolos populares son eso después de todo. Populares. Es el pueblo y nadie más el que decide quien merece llevar ese laurel; por eso las victorias y las derrotas son celebradas y sufridas en forma colectiva. Las personas que hacen el negocio nunca podrán imponernos un ídolo popular, aunque se cansen de intentarlo. Hemos sido sorprendentes testigos del ascenso y caída de un número incontable de celebridades de barro, estrellatos fugaces, apariciones espectaculares con desenlaces vergonzantes, dueños de marquesinas artificiales. En todos los ámbitos.

Por Nicolas Moretti.
Aún dentro de la categoría de ídolo popular existen escalas de valores. No todos son reconocidos con absoluta unanimidad, y está bien que sea así. Depende de la disciplina, los gustos personales y el contexto histórico. Hay gente que discute a Messi, imagínense. Muy poquitos son los indiscutidos. Y Nicolino lo es. A él no se lo discute.

 

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Nicolino Locche humillando a Paul Fuji en su noche consagratoria.

 

Nicolino Locche fue el boxeador más talentoso que dio el país. Me animo a afirmar esto sin temor a equivocarme. Era dueño de un estilo único. Si es verdad que el boxeo es el arte de pegar y no dejarse pegar, ninguno como él puso en práctica tan fielmente este enunciado. Era igual a una avispa: entraba rápido, golpeaba con su jab izquierdo produciendo un enorme dolor para después salir, ileso la mayoría de las veces, produciendo gran frustración en sus rivales.
Durante la década del 60 era furor en el país la serie Los Intocables. Las aventuras de Eliot Ness y sus muchachos haciendo cumplir la ley seca en Chicago eran un clásico de los televisores argentinos. En esos años sucedía Locche. Si bien su estilo boxístico se adaptaba al apodo de Intocable, no es sólo por eso que fue merecedor de ese mote. Los Intocables eran héroes, capaces de las hazañas más inimaginables. Nicolino también. Aparte de tener cintura elástica era guapo. Todo encajaba para ser llamado así: el Intocable.
En el boxeo de esos años, las peleas más difíciles que debía afrontar un pugilista eran las del recorrido previo a un combate por el titulo mundial. Los campeones argentinos y sudamericanos eran reconocidos y muy pocos lograban llegar a la gran noche. Era un privilegio que había que ganarse en el ring disipando en el camino todas las dudas que existiesen. No es lo que sucede hoy. Locche fue campeón mendocino, argentino, sudamericano y tuvo su chance mundialista el 12 de Diciembre de 1968 en Tokio ante Paul Fuji, un hawaiano nacionalizado japonés. Pelear de visitante siempre fue ir de punto, más en ese entonces. Lejos de ser una carnicería, ese combate fue la síntesis perfecta del box. Locche destruyó al japonés haciendo de manera insuperable todo lo que puede hacer un boxeador. Si llegara alguna vez un alienígena y preguntara como se boxea, no habría que hacer más que mostrar esa exhibición de Nicolino. Fuji, humillado, con su rostro como un globo, no salió a pelear el decimo round y Locche se consagraba campeón mundial de los welter juniors de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) en Japón. Una proeza.
Locche defendió el titulo mundial cinco veces más en el Luna Park, su casa. Hacia delirar a las multitudes con su estilo incomparable. Perdió la corona en Panamá ante Alfonso Frazer, en 1972. Quiso recuperarlo un año más tarde enfrentando al colombiano Kid Pambelé Cervantes, a quien había apabullado en el Luna, pero sin éxito.

 

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Niño mimado de su entrenador, Fernando Paco Bermúdez, el Intocable fue el púgil más exquisito y talentoso en el arte de la defensa. No necesitaba pegar para adjudicarse el round, simplemente marcaba los golpes. Desconcertante arriba y abajo del ring, parecía desinteresado de todo y de todos. En su haber, Nicolino cuenta con 122 combates como amateur, con sólo 5 caídas. Debutó como profesional en 1958 y alcanzaría un record de 117 victorias y apenas 4 derrotas. Dos de ellas las sufrió a manos de Abel Laudonio, su clásico rival a nivel local, con quien peleó cuatro veces por el titulo argentino. Los números lo demuestran: Locche no podía vivir sin el box.
Parecía cualquier cosa menos un boxeador. Aunque poseía un físico robusto, su andar cansino, su adicción al tabaco y su cuerpo desgarbado hacían que al principio de su carrera la mayoría caiga en la tentación de subestimarlo. Nicolino no fue un ejemplo de la vida sana que debería llevar adelante un atleta. Nunca le interesó ese estilo de vida y siempre se mantuvo lejano al exceso de entrenamiento. Pensaba que le sobraba para ganar y no se equivocaba. Grandes genios del deporte también tienen estas características aunque no abundan. Bochini podría ser otro ejemplo de esta especie de antihéroe. Son comparables incluso. Con seguridad habrá más.
Locche hizo del boxeo algo más que un deporte. Un arte. Un show. Lo transformó en una ceremonia espectacular cada vez que subió al ring del Luna Park. Sus funciones únicas incorporaban en las butacas a personas absolutamente ajenas a la disciplina. Su relación con la gente asumió la magia de lo increíble, de lo bello, lo picaresco, de la complicidad que solamente se puede contagiar a través de la picardía. Los privilegiados ocupantes del ringside siempre se llevaban un guiño de ojo de Nicolino como souvenir, mientras bloqueaba o esquivaba algún golpe. Representó el revés de la violencia del box. Tocaba, no pegaba. Malabarismo de la más pura esencia. Acariciar, bailar, escapar y, de repente, irse encima de su oponente, pegar él y desaparecer de la escena, casi como un fantasma. Enloquecía a la popular. En medio de la pelea ponía sus manos atrás y mostraba la cara para que le pegaran. Eso era Nicolino. Un mago.

 

 

Por escándalo el más querido por el público argentino. A él se le perdonó todo. No había periodismo amarillo para Nicolino, capaz de descubrir la trasnoche de la calle Corrientes coleccionando madrugadas con Troilo y Goyeneche. Si, también fue el rey de la bohemia. No hubo golpes bajos para él porque la gente lo amaba y gozaba del silencio cómplice del que disfrutan los ídolos del pueblo. Su vida privada era de él y de nadie más. Celoso de su paz, Nicolino nunca le dio oxigeno a la fogata de la prensa sensacionalista y murió lejos del ruido y de las luces en su Mendoza natal.
En los primeros años de la década del 70 el público argentino se movilizaba por el boxeo. No era para menos. En ese momento, tres de los boxeadores más legendarios de la historia del boxeo argentino estaban en su esplendor: Locche, Bonavena y Monzón. Cada uno con sus particularidades, su técnica, sus capacidades. También eran de tres categorías distintas. Pero tenían algo en común, muy pocas veces generado por un púgil. Paralizaban el país en cada presentación. Hoy no podríamos entender lo que esto significa ya que en estos tiempos hemos pasado por esta vivencia ínfimas veces y no con la magnitud de aquellos años. Para entenderlo, recordemos que sucede cuando la Selección de fútbol juega en un Mundial. La gente les prestaba la misma atención.
La carrera de Nicolino Locche fue bastante extensa, como habrán notado en sus números. Hemos elegido la fecha del 12 de Diciembre por una cuestión de calendario que coincide con la obtención de su titulo mundial. Sin embargo no hace falta una fecha especial para recordar a Nicolino. Fangio tampoco la necesita, por ejemplo. Se aseguró un lugar en la memoria de todos los que aman el deporte, con su carisma y su línea inigualables, que no tuvo herederos natos. Quedará en el recuerdo como el único e irrepetible boxeador que le escapó a la solemnidad.
Hasta el próximo round.
¡Salud!

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