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La Doctrina Drago y la primera búsqueda de justicia económica

Esta es nuestra última efeméride del año. Entre anuarios, especiales de televisión que recopilan lo más destacado o intentan hacerlo, los famosos balances necesarios para algunos, la fiebre del consumo y demás menesteres de fin de año, hubo una palabra que atravesó gran parte del mismo, sobretodo en sus últimos 6 meses: la palabra soberanía. Hemos sido víctimas de un abuso financiero, único en la historia, que planteó la necesidad de repensar una nueva normativa internacional sobre las deudas soberanas para que el capitalismo no se devore a sí mismo. Argentina se ve frente a la responsabilidad de ocupar un rol protagónico para crear reglas de convivencia económica, en medio de la anarquía de las finanzas. Pero esta intervención argentina en pos de la soberanía económica no se trata precisamente de una novedad queridos lectores. Y vamos a contarles porqué.

Por Nicolás Moretti. 

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Luis María Drago, canciller argentino, autor de una reglamentación soberana.

 

Hace poco más de un siglo, la Argentina, que ya había tenido sus serias cefaleas con su deuda pública, construyó una doctrina de alcance mundial en el marco de la autonomía económica de los países periféricos. Algo digno de orgullo señores, para agregar a la lista que incluye al dulce de leche, la birome y las huellas dactilares: la Doctrina Drago.

 

 

A fines del siglo XIX Estados Unidos ya había endulzado los oídos de muchos anunciando la Doctrina Monroe o “América para los americanos”. Esta normativa establecía que cualquier intervención de los estados europeos en América seria visto como un acto de agresión que requeriría la intervención inmediata de EEUU. Asumiendo una supremacía total sobre sus vecinos continentales, los norteamericanos se ofrecían como padres protectores de las jóvenes naciones americanas.

 

 

Posteriormente a la adopción de la Doctrina Monroe, Gran Bretaña ocupó las Islas Malvinas en 1833, los puertos argentinos fueron bloqueados por la flota francesa entre 1839 y 1840, el Río de la Plata también fue bloqueado por flotas anglo-francesas entre 1845 y 1850, España invadió a la República Dominicana entre 1861 y 1865 e Inglaterra hizo lo propio en Nicaragua y la Guayana en 1855.

 

 

¿Y la Doctrina Monroe? Bien, gracias por preguntar.

 

 

Hacia fines de 1902 las flotas alemanas, inglesas e italianas bloquearon y bombardearon los puertos de Venezuela, que por ese entonces acumulaba una gran deuda externa y que su nuevo gobierno, con Cipriano Castro a la cabeza, se negaba a pagar al considerarla usuraria. Esto suponía de hecho un nuevo desafío a los postulados de la Doctrina Monroe, pero EEUU justificó esta agresión limitando la aplicación de la Doctrina a los casos de adquisición de territorio en América por parte de una potencia no americana y respaldaba la intervención de estados extrarregionales originada por el cobro de deudas como la de Venezuela, medida que llevó el nombre de “Corolario Roosevelt”.

 

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Cipriano Castro, gobernante venezolano, presionado por las potencias centrales.

 

 

Amable y desinteresadamente, EEUU se ofreció a mediar en el conflicto, y meses después, Venezuela estableció un cronograma de pagos a sus acreedores con un 30% de interés anual…

 

 

Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, la europeizada elite argentina percibió como una amenaza la injerencia de las potencias extranjeras en los asuntos latinoamericanos. El Congreso se dividió entre quienes eran partidarios de efectuar una declaración de solidaridad sudamericana y el de los proclives a no adoptar ninguna medida que pudiera generar tensiones en los lucrativos vínculos argentinos con Europa. La prensa en su conjunto también demostró preocupación. El País, La Prensa y La Nación reflejaban rechazo a la intervención europea en las economías de la región. Solamente el diario El Economista llamaba a no intervenir ni en este tema ni en ninguno en el que no haya intereses argentinos en conflicto.

 

 

En estas circunstancias, Luis María Drago, canciller argentino entre 1902 y 1903, preparó una nota protestando por los sucesos de Venezuela, con fecha 29 de Diciembre de 1902 y dirigida al embajador argentino en EEUU, Martin Garcia Merou, para que éste la presente ante el gobierno norteamericano. Esta nota incluyó lo que más tarde se dio en llamar Doctrina Drago.

 

 

La postura de Drago sostenía que las dificultades para pagar una deuda soberana no podían acarrear el derecho a la invasión por parte de otro país, por más poderoso que fuese. Se apoyaba, paradójicamente, en la Doctrina Monroe. Según su interpretación, Drago argumentaba que el uso de la fuerza contra Venezuela implicaba una ocupación territorial, alternativa que tendría que disparar inmediatamente la intervención norteamericana en defensa de la nación sudamericana. Sutilmente, Drago puso a la diplomacia norteamericana entre la espada y pared.

 

 

Pero las sugerencias de Drago llegaron en un momento poco oportuno para el gobierno estadounidense. La administración de Theodore Roosevelt adoptó una política exterior que tuvo como rasgos la búsqueda de nuevos mercados y oportunidades para inversiones y seguridad en el poder naval, objetivo acorde a una economía norteamericana en plena expansión. Sin embargo la diplomacia de EEUU manifestó claramente un esfuerzo por justificar ante las autoridades argentinas, a esta altura únicos defensores de Venezuela, la insoslayable contradicción existente en el contenido de la Doctrina Monroe y su efectiva aplicación. El panamericanismo sostenido en el discurso norteamericano llegaba a su fin debido a su impresentable práctica, dando lugar al intervencionismo unilateral declarado abiertamente.

 

 

De todos modos, el tiempo le dio la razón a Drago. La Doctrina Drago fue incluida en la Conferencia de La Paz de La Haya en 1907, donde la comunidad internacional firmó un convenio sobre la limitación del empleo de la fuerza para el cobro de deudas contractuales, estableciendo una serie de arbitrajes y litigios judiciales para usarse siempre como método de solución de conflictos internacionales económicos en lugar de recurrir a la fuerza militar.

 

 

Durante todo el siglo XX vendrían guerras de todo tipo, con sus múltiples intervenciones por parte de países fuertes sobre países débiles. Pero también se irían consolidando, a los tumbos, instituciones como el Tribunal de La Haya, la ONU o la OEA, que tomaron nota de la doctrina argentina sobre la deuda. Las nuevas invasiones tuvieron justificaciones en la “seguridad nacional” o el “terrorismo internacional”, pero nunca más para el cobro de una deuda pública contraída entre países.

 

 

Actualmente el avance financiero pretende actuar por encima de cualquier regla nacional o internacional de negociación. El empuje hacia la cesación de pagos y la amenaza de embargos contra activos nacionales de países subdesarrollados conducen a la perpetua dependencia de lo que suceda en las economías centrales. Cuando justamente no atraviesan por tiempos venturosos.

 

 

La experiencia argentina y la búsqueda de negociar exponiendo constantemente esta situación de chantaje al que conduce la ausencia de reglas internacionales probablemente terminen construyendo una nueva doctrina sobre el tema. Una doctrina argentina, nuevamente. Y, con un poco de suerte y buena voluntad, el mundo y la economía sean un poco más justos.

 

 

En estos días que dicen ser felices les deseamos felicidades.

 

 

Hasta la próxima.

 

 

¡Salud!

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