Desvíos

La conserje

Nuestro cronista parisino vuelve al ruedo con lo que él mismo llama “una pequeña observación coqueta”. Su sutil pluma nos regala un poco de sombra, un rayo de sol y otra fina estampa desde la intimidad de la Ciudad Luz.

 

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Por Alessandro Pucci

Riega la planta del alféizar. Solo hay una, y es raquítica y lamentable en la larga y angosta maceta gris que está sobre el alféizar. Diría que no tiene nombre ni especie. La mujer se sienta en una pequeña silla de madera.

La ventana da a un callejón. Luz pálida de mayo, tal vez un poco de abril, luz pálida, en todo caso, goteando por los tejados parisinos y las paredes parisinas. Su rostro está agotado pero contento de sí mismo, como el rostro de la ciudad. Se ha hundido en su piel y hace mucho que comenzó a caer por los rincones y en lo carrillos, frunciendo el rostro satisfecho de la conserje del edificio.
Viste un sweater tejido y una blusa de patrón blanco-y-negro. Lo más probable es que use calzas largas debajo de las rodillas un par de mocasines confortables de abuela.

Las ventanas batientes están abiertas. Ambas hojas se mecen un poco en la brisa, a la derecha y a la izquierda; la del centro no está abierta. Su mano viene a través de la hoja cerrada y se apoya sobre el tallo raquítico del alféizar. No hay cristal. Pero en el lado opuesto, medio escondida por su estructura maciza de sweater y calzas, no muy lejos de ella, hay un copa de oporto. La cara seria de su marido asoma desde una depresión sobre el canapé con el diario de la mañana arrugado entre los puños. Su delantal tiene de sangre de cerdo fresca en la basta. Sus bigotes curvos se alejan un momento de la cara y de inmediato regresan a ella y hacia el labio inferior en una forma como la cabeza de un alce. Su frente es magra y su porte fuerte como la ciudad.

Ha crecido bien dentro de su piel, la llena, con pómulos pujantes. Sus orejas son grandes y presuntuosas. Tres pequeños retratos están sobre una mesa arrimada contra una pared. Uno es tal vez el de una hija—crecida y casada y mudada a otra ciudad. Ocho platos decorativos se sostienen sobre las paredes, como dispuestos para un almuerzo vertical, desplegando su orgullo de vajilla fina, con la misma cara satisfecha con que ella, la mujer que riega, acaricia ahora el tallo raquítico que puja fuera de la ventana.

Una hendidura en el muro del exterior corre bajo ellos, cortándolos a la altura del tobillo sin que estos se enteren.

Una oscura mancha de podredumbre se arrastra por el techo, abigarrado y salpicado como el delantal del hombre, hasta que la cola de un dragón se precipita sobre ellos de un lado de la pequeña sala de estar al otro.

Hay trece formas geométricas definibles. Hay dos personas. Hay ocho o diez platos. Una planta que se marchita. Y la luz diluida de un invierno sin fin. Las cortinas de ganchillo cuelgan, una corrida; el pelo de ella, recogido atrás en un moño. Una carta recibida está sobre una mesa de café. Alguien ha muerto. No cae agua de la jarra que tiene en la mano izquierda. La planta nudosa tirita afuera, en el alféizar.

 

París, mayo 2015

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