Sociedad

Indígenas venezolanas custodian cataratas y dan trabajo

Con el objetivo de combatir la minería ilegal y revertir la emigración de los más jóvenes de su comunidad, generaron una red de desarrollo sustentable que genera trabajo a jóvenes y adultos. Cada vez son más los emprendimientos que se suman a este proyecto autofinanciado.

 

 

Cuidar y preservar el Salto Ángel, la caída de agua más alta del planeta, es el objetivo de un grupo de mujeres venezolanas que, en ese gran espacio de tierra fértil llevan adelante 25 proyectos que generan trabajo para los indígenas de la etnia pemón.

Petra Catáneo, pemona incansable, madre de familia y ecologista es una de las impulsoras de este proyecto que está recuperando tierras como Turaradem y mediante técnicas de cultivo heredadas por sus ancestros para reactivar la agricultura en la región, un proceso que genera trabajo a los más jóvenes, produce alimentos en un país con alto porcentaje de escasez y estimula la economía local entre las familias.

“Lo importante es que la cultura indígena no continúe disolviéndose entre dos grandes amenazas que ensombrecen el futuro de la etnia: la minería ilegal y la emigración de los jóvenes a las ciudades, donde en el mayor de los casos terminan en situación de indigencia o en trabajos explotadores”, explica Petra.

Afortunadamente, Petra no está sola en esta lucha, a este movimiento pertenecen mujeres y familias de las comunidades vecinas que desarrollan proyectos en los que unifican las tradiciones con las necesidades actuales. Hortensia Berti es otra de las líderes y la primera mujer que llegó a ocupar el cargo de capitana de la comunidad de Kamarata, puesto tradicionalmente ocupado por los hombres más cultos de la etnia. En su misión de ofrecer una oportunidad a los jóvenes, Hortensia además administra un hostel de turismo ecológico que pertenece a toda la comunidad, cuyos puestos de trabajo y beneficios son repartidos de manera igualitaria entre las familias. “Nuestra lucha es convencer a nuestros jóvenes que irse a las minas significa acabar con la tierra que los dioses nos han prestado, y que el turismo responsable es una opción más coherente para aprovechar el lugar en el que vivimos”, asegura la mujer.

El Ministerio del Poder Popular de Petróleo y Minería ha publicado unas cifras que consolidan la preocupación de Petra. Cada año, las empresas ilegales que operan en el país logran extraer toneladas de oro al exterior valoradas en unos 280 millones de euros. Es una realidad que tiene a la comunidad dividida y al territorio herido. Los campamentos de minería ilegal trabajan a toda marcha en el corazón de la selva y avanzan como picoteos salvajes cada vez más cercanos al sagrado Auyantepuy.

La experiencia de volver

Eulalia Sandoval se fue a la ciudad para estudiar y a los años volvió con un título de administradora. Es una de las más jóvenes de este grupo de mujeres y su madre Inés es una de las mayores, con 70 años. Entre las dos desarrollan un sistema de visitas guiadas a las imponentes cascadas que en el interior del Auyantepui, donde los turistas conocen de mano de los propios indígenas las leyendas pemonas.

Además, Inés lidera la huerta que produce los alimentos para los hostels ecológicos. Es la abuela de la comunidad, un título que le concede el trabajo de traspasar a los más pequeños la cultura indígena. “Ya las niñas no saben hacer hilos”, asegura la anciana y agrega que “antes nos preparaban para saber llevar una comunidad, nuestras madres y abuelas nos enseñaban a hacer el hilo, a tejer hamacas. Ahora las niñas van al mercado y compran un rollo de nylon. Por eso ahora hay que trabajar más fuerte en trasmitir los valores de quienes somos, ser los guardianes de nuestras tierras”.

Todos estos emprendimientos ya cuentan con un programa de autofinanciación. Este sistema nace de la Fundación Esteban Torbar, una organización venezolana que creó el programa llamado EPOSAK (en lengua pemona significa logro) y que desde hace tres años consigue el dinero entre la ciudadanía para financiar las iniciativas de los indígenas.

Las mujeres pemonas continúan generando nuevos proyectos que ya representan una fuente de trabajo para numerosos jóvenes que, gracias a la iniciativa, recuperan parte de su tradición y, sobre todo, encuentran en sus tierras un motivo para quedarse, desarrollarse y ayudar a una causa común.

Visto en El País

Nota editada por Mariana Brizi.

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