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Honduras combate la violencia con empleos y alumbrado

Sin escuchar los reclamos de “mano dura” ante oleadas de violencia, comunidades de Honduras y de El Salvador invirtieron recientemente en capacitación y empleo. La violencia, como consecuencia, se redujo sola.

 

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Es esperanzador saber que hay gobernantes de América Latina que están demostrando que usar la violencia para reducir la violencia no siempre es la mejor opción. Y que a veces con medidas simples, prácticas y de muy bajo costo, se pueden lograr resultados positivos. Recientemente, y durante una visita a la sede del Banco Mundial, en Washington, tres alcaldes de ciudades consideradas entre las más violentas de la región compartieron sus fórmulas poco convencionales para resolver un problema que siempre polariza a la sociedad.

Rodrigo Guerrero, alcalde de la ciudad colombiana de Cali, tuvo dos periodos como gobernante local (1992-1994 y 2012-2015). Su formación como médico epidemiólogo lo llevó a encarar las altas tasas de homicidios en su ciudad de la misma forma que lo harían con una enfermedad de origen desconocido. “Es un método que yo llamé Epidemiología de la Violencia”, detalla Guerrero, quien buscó soluciones diversas en cada zona, analizado en detalle el origen de la violencia. En algunos lugares se mejoró el alumbrado público, en otros se prohibió la venta de alcohol después de determinadas horas, en otros más, se aumentó la presencia policial.

“Cali tenía una tasa de 126 asesinatos por 100.000 habitantes, cuando yo entré estaba en 83, ahora está en 62. Es una tasa de homicidios que todavía consideramos inaceptable, pero la vamos a seguir bajando, porque ya sabemos cómo atacar el problema juiciosamente”, explica Guerrero. Bogotá tomó el modelo, siguiendo las recomendaciones de Guerrero en tres periodos seguidos, y así bajaron la tasa de homicidios de 80 a 18 por 100.000 habitantes.

Un desafío similar tuvo Alexander López, alcalde de la localidad de El Progreso, en el norte de Honduras, cerca de la frontera con Guatemala, uno de los puntos por donde pasa buena parte de la cocaína en ruta hacia los Estados Unidos. Puso en práctica el “Plan 80-20”, que consiste en un 20% de medidas coercitivas (uso de la fuerza policial, sanciones, etc.) y un 80% de medidas de prevención. “Hemos recuperado 350 espacios públicos y se ha trabajado en mejorar el alumbrado público, hemos creado 5.000 microempresas, hemos reducido el horario de locales nocturnos como las discotecas”, enumera López entre las acciones que constituyen el 80% de prevención.

Tito Asfura, alcalde de Tegucigalpa, cree que la inseguridad es la suma de distintos problemas como el acceso a agua y saneamiento, a guarderías y a clínicas, entre otros. “Se trata de temas que al final repercuten en la gente. La suma de muchas cosas”, afirmó, aunque alega que la principal causa de violencia es la falta de trabajo. Solo el año pasado su gobierno invirtió 24 millones de dólares en capacitar a más de 1500 microempresarias y otras acciones destinadas a promover el empleo.

Esta relación entre generación de empleo y reducción de la violencia se puso de manifiesto también en El Salvador durante la implementación de un programa para generar empleo entre la gente joven. Lo que hay en común en las experiencias colombiana, hondureña y salvadoreña es que se han analizado múltiples variables a la hora de combatir la inseguridad, y que se han tomado en cuenta datos relacionados con empleo, necesidades sociales, estadísticas de criminalidad, “para cotejar esa información con otras variables para entender mejor el motivo de la violencia”. Y así, con inteligencia y apoyo del Banco Mundial (en Honduras planea la creación de un Observatorio de la Violencia, en colaboración con algunas universidades y el gobierno de ese país), América Latina sueña con finalmente vivir en paz, dejando la violencia atrás.

Visto en El País

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