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Gotán Garros, de compadritos y otras yerbas

Roland Garros 2004 fue, en la opinión de quien escribe, el último torneo de Grand Slam de tenis “normal”. Semanas después comenzó Wimbledon, Federer defendería su título obtenido un año antes y lo haría otras tres veces, más otras dos consagraciones en años no consecutivos. Luego de Wimbledon, el suizo también ganó el primero de sus tres US Open en cadena. Al año siguiente apareció Nadal (ya saben que ocurrió, sobretodo en París) y unas temporadas más tarde lo haría Novak Djokovic. El tenis fue durante años una competencia triangular entre talentos muy lejanos a las posibilidades del resto, después de ligeros paréntesis es algo que hoy está en declive. Pero si recordamos Roland Garros 2004 no es por una cuestión estadística, es mucho más que eso. Fue la única vez que un Grand Slam fue definido entre dos argentinos, antagonistas ellos, representantes de dos estilos de juego y de vida inevitablemente enfrentados y que encima no se llevaban mal, se odiaban.

Por Nicolás Moretti.

 

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No soy muy amante de las estadísticas, aunque sirvan como fuente de consulta interpreto que hay muchas más cosas en juego durante una competencia individual o grupal que lo que puede reflejar la frialdad de números que no se pueden objetar. Dicho esto, me contradigo. Para apreciar en todo su volumen la importancia de este torneo para nuestro deporte blanco es muy necesario recurrir a datos duros: fueron dos finalistas argentinos, al igual que tres de los semifinalistas, que pudieron ser cuatro. Histórico.

Guillermo Coria representaba a esa clase de jugadores tocados por la varita que no se conformaban solo con lo traído desde la cuna. El Mago, gran atleta, infatigable, duro de cabeza, competitivo hasta la médula, brillante en todas sus ejecuciones y destinado a la cima del tenis mundial era el candidato de todos en aquel torneo. Llegaba a la conquista del sueño de su vida en alza, jugando bárbaro, ganando cómodo en la superficie que más le gustaba sobre la que había obtenido los mejores resultados de su carrera. Numéricamente ocupaba el puesto 3 del ranking, en la cancha era por lejos el número 2 (Federer, a años luz), y un año antes había quedado afuera sorpresivamente en semifinales a manos de un holandés ignoto después de dejar afuera al ya veterano Agassi. Imagínense de la situación si una derrota en semifinales es considerada sorpresiva.

Gastón Gaudio era lo contrario. Un antihéroe. Amaba el tenis, poseía el revés más bello del circuito, un estado físico impecable y el polvo de ladrillo era el piso de su casa. A Gaudio no le importaba el número 1 del ranking, él quería jugar, pasarla bien en la cancha, ganar y hacer lo que tenía ganas. Esto no es sinónimo de mediocridad, es su personalidad, algo que no se juzga. Su mentalidad era más volátil, si tenía un mal día se acababan los recursos y podía perder contra un nene, y viceversa. Un Gaudio con buenas sensaciones, buenos partidos y de buen humor era capaz de cualquier cosa en cualquier lugar.

El recorrido de ambos en el torneo fue compacto, implacable. Coria llegó a semifinales sin perder un set, jugando preciso, veloz y lujoso, sin mosquearse. Le firmó el certificado de defunción tenística a Carlos Moyá en cuartos y luego Henman, verdugo de Chela una ronda antes, lo sorprendió con su saque y volea y le robó el primer set. Los tres sets restantes se definieron en una hora y media.

Gaudio transpiró más. A él, a diferencia del Mago, no le molestaba el sudor.

El Gato ganó confianza con cada partido que ganó; le tocó una llave picante, de overol y laburo. En su primera presentación tuvo que matarse cuatro horas para ganarle a Cañas, enfrentamiento que merecía instancias superiores, sin duda. Luego, otras cuatro horas para sacar al checo Novak y tres horitas mas para Enqvist. En cuartos acabó con las dudas de los escépticos y humilló a Hewitt, número 1 un año antes. La semifinal nos rompió el corazón. Nalbandian y Gaudio no podían ganar en el mismo partido y el Gato, buen tipo, terminó rápido el asunto: liquidó al vencedor de Gasquet, Safin y del tricampeón defensor Kuerten, sin dolor.

La final predispuso mal a los dos, Coria detestaba a Gaudio, pero el Gato se lo bancaba menos. Se conocían de chicos y nunca hubo onda, al contrario. Se habían cruzado cuatro veces como profesionales con tendencia favorable al Mago; en su anterior enfrentamiento Coria canchereó de mas con el partido definido y casi se van a las manos. No existía persona en el mundo que ponga más de mal humor a Gaudio que su rival en la final de Paris. Coria lo sabía y parecía disfrutar sacar de las casillas a Gastón, pero hubiera preferido enfrentar a otro en semejante partido. A Nalbandian quizás, al que le había ganado siempre y con quien mantenía una relación protocolar y cordial.

De todos modos la emoción y las pulsaciones de esas dos semanas hizo que lo más importante pase a segundo plano. El tenis argentino alcanzó el privilegio de colocar a dos representantes en la final de un torneo de Grand Slam, el de polvo de ladrillo, el que todo tenista argentino sueña con ganar y sobre la superficie en la que consiguieron los mejores logros. Vilas fue campeón y tres veces finalista en Paris, ganador de 46 torneos en arcilla. Clerc consiguió 21 de sus 25 torneos como profesional en polvo. Coria habia sido semifinalista de Roland Garros un año antes, Franco Squillari en el año 2000, más otras tantas alegrías también sobre piso naranja. Verdaderamente no se podía pedir más. Que la definición sea entre dos amigos hubiese sido un desenlace poético, pero no era el caso como habrán visto, aquí también estaban los partidarios de uno y otro, como si uno de los dos fuera de otro país. Mucha tensión.

Durante la final se dijeron de todo. Barbaridades. Coria hacia lo que más le molestaba a Gaudio y el partido tenía horizonte de paliza y humillación, dos sets para el Mago en menos de una hora para la vista de todos y de Guillermo Vilas en el palco que se regodeaba con el claro triunfo de su niño mimado. ¿Qué pasó después? Todos los saben y nadie al mismo tiempo. Calambres (mas esperables en Gaudio, con el doble de horas jugadas encima), emoción, nervios, temor, pánico, cualquiera de ellas o ninguna, no lo sabemos. A Coria se le cortó la luz, le volvió en el quinto set pero ya era tarde, el Gato tenia entre las garras al pichón. Antes de comérselo hizo que sufra un poco, se lo debía y lo disfrutó con el vengativo placer de los que no olvidan las ofensas. No fue un acto de justicia, pero no estuvo mal.

Ese partido destrozó a Coria en todos los aspectos de su vida profesional y personal. Aunque pudo ser competitivo unos meses más, su hombro, su orgullo destruido y Rafael Nadal lo empujaron al ostracismo primero y al retiro después, con solo 27 años. Afrontó una complicada separación y hoy se dedica a preparar juveniles desde su experiencia con la misma edad que Federer, número 2 del mundo en la actualidad. Para Gaudio, al revés de lo esperable, Roland Garros no significó un trampolín en su carrera. Luego de Paris llegó hasta el puesto 5 del ranking, pero su carrera pasó de la euforia a la depresión y a la inversa, un claro reflejo de su carácter. En 2008 dejó de competir con frecuencia de profesional, aparecía cada tanto en algún torneo clase B y en 2011 se acordó de decir que no jugaba más.

El 2004 fue el mejor año del deporte argentino, cargado de proezas posibles solo en el terreno de los sueños (próximamente en Buendiario). A once años de la final argentina se puede apreciar con más nitidez la envergadura de aquel dia, irrepetible y único. Muchos pensaron que llegarían más títulos de Grand Slam, que Roland Garros se convertiría en una sucursal del Lawn Tenis, que la Copa Davis estaba al caer y que un argentino en la cima del ranking era cuestión de meses, o de esperar a que Federer se lesione o se retire, mejor. Ya saben que nada de eso ocurrió y que el tenis no tiene la misma lógica de continuidad en cuanto a resultados que otros deportes, que se puede llegar a la final de un Grand Slam y luego desaparecer, que mantenerse es lo más difícil y que la tecnología y las inversiones puestas al servicio del deporte van de la mano con los éxitos deportivos.

Nuestra realidad dista de la de otras federaciones o asociaciones de tenis, de presupuestos siderales, pero cada tanto se llega a la cima del mundo por otra vía, más cercana a la sensibilidad. La final argentina en Roland Garros ocupa entonces un lugar destacado entre los recuerdos más felices de nuestro deporte. Pónganla en un cuadrito.

Hasta el próximo set.

¡Salud!

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