Opinión

Escritor semanal: Nicolás Eisler

“Miau, miau, miaauuu, miauuuu”. ¿Cuántas veces hemos perseguido a nuestras mascotas por todas partes, escuchando sus ladridos o maullidos, pero sin tener la menor idea de qué quieren? ¿Es comida, un mimo, necesitan que les cambien el agua, se aburrieron del programa de televisión que estamos mirando? Es imposible saberlo. O quizá no tanto.

Gracias al buen Constantine Slobodchikoff, un científico y profesor emérito de la universidad de Arizona del Norte los humanos están mucho más cerca de poder interpretar qué “dicen” los animales.

“Con”, como seguramente lo llaman sus amigos, pasó 30 años estudiando el comportamiento de las marmotas y al parecer logró descifrar los sonidos que emiten y asociarlos con diferentes situaciones. En un libro de publicación reciente el científico se ilusionó con que en un futuro cercano y con un dispositivo de dimensiones similares a las de un celular podamos saber qué expresan un perro o un gato.

Hasta ahora las relaciones entre los hombres y los animales transcurrieron siempre por los mismos carriles. Sacarlos a pasear, alimentarlos, recoger sus desechos, acariciarlos un rato y poco más que eso. Es fascinante pensar que dentro de poco tiempo podamos además saber qué piensan sobre su comida, si la colcha que usan para acostarse les da picazón o si el gato del vecino les parece un salame bárbaro.

Y si estamos en tren de pedirle cosas a la ciencia, por qué no pensar en un elemento que permita traducir el lenguaje humano a los demás animales. Imagino acalorados debates entre una tortuga y su dueño sobre las bondades de la lechuga mantecosa, quejas de los hámsters emboladísimos de girar en las ruedas y de conejos hartos de que les den zanahorias.

O perros Sanbernardo pidiendo un descanso después de pasar intensas jornadas en la nieve o preguntando si pueden quitarle el flash a la cámara antes de sacarle fotos con los turistas.

Hace muchos años, las revistas de divulgación científica anticipaban que para principios del milenio que comenzó hace más de una década los autos volarían. Tal vez un poco ingenuamente esperé que ese día llegara y fue una enorme decepción comprobar que los embotellamientos son cada vez más frecuentes y no hay autos ni alfombras voladoras que puedan evitarlos. Pero también de pequeño me ilusionaba con algún día descifrar el dialecto gatuno. Por suerte Slobodchikoff  se nos adelantó y parece que falta muy poco para poder entender qué nos dicen los animales.

 

Nicolás Eisler

Periodista

Redactor de política en Tiempo Argentino

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