Opinión

Escritor semanal: Ludmila Gurchenco

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De todos los recuerdos que tengo de chica, uno de los más recurrentes, que me asalta la memoria intempestivamente, son los veranos en la casa de Marita.

Marita, entre otras características fascinantes, era la vecina solterona del barrio. Muy poco se sabía de su historia. Alguna que otra anécdota famélica contada al pasar por mi papá o el relato que mi abuela a través de los años iba deformando. Poco y nada. Que Marita nunca se había enamorado. Que había tenido un solo novio. José, el chaqueño. Que se habían conocido en uno de los bailes de Wilde, a los que Marita asistía religiosamente todos los sábados. Que había quedado prendida de la belleza trigueña de José, tan atildado y atroz como lo desconocido. Que José y Marita se enamoraron a tal punto que necesitaron atestiguarlo ante todo el barrio e hicieron una gran fiesta en donde José se lució haciendo “mbaipi”, una especie de polenta con mandioca. Que cuando empezaron los problemas porque José insistía en volverse al Chaco, Marita le propuso trabajar como albañil. Que José empezó a hacer unos trabajitos en las casas vecinas y que en el patio de Marita empezó a fabricarle el sueño de tener su propia pileta de natación. Que Marita quería quedarse acá o viajar los dos y empezar una nueva vida en la provincia. Que José se negaba a ir con ella. Que una noche, cuando los vecinos escucharon los gritos agónicos de Marita, José ya se había ido. Había vuelto al llano húmedo, a dormir en su cama, en su otra cama, la del Chaco, con su mujer y sus hijos.

Desde ese día Marita entró en una profunda depresión .Todos los veranos los chicos del barrio pedíamos permiso para jugar en su pileta, que había quedado a medio hacer, intacta desde aquel boceto que soñó José.

Y el recuerdo mas vívido que tengo de Marita es el de verla en su living, sentada frente al televisor, mirando el noticiero, hastiada en un mar de malas noticias, como necesitando emparentar eternamente su dolor con el ajeno.

Todo era malo, yeta, oscuro y cruel como en su mundo.

Cuando me enteré de que había un diario que solo se ocupaba de comunicar buenas noticias, también me acordé un poco de esta historia: la de Marita. O de las Maritas del mundo que andan dando vuelta por ahí. Los que permanentemente se obstinan por hacer hincapié en las tragedias cotidianas, en los dramas mundanos, personales o astrales, da lo mismo. Los que regidos por el sistema, los medios, los diarios, los taxistas (o ponele la cara que quieras), adoptan célebres y notorias onomatopeyas como respuesta a la caterva de malas noticias que reciben todos los días.

Marita frente a la tele viendo como en China explota una fábrica y mata a miles. O vos en tu casa viendo en YouTube el momento justo en que el avión se estrella contra el piso.

A veces pienso que ese mecanismo de automedicarse con una dosis de pesimismo lo imitamos todos. Que necesitamos saber que hay días en que el mundo está mal para no sentirnos tan desdichados.

Tal vez porque en esta época lo alegre tiene malos voceros, que con sus pantuflas carísimas y el disparate del “si sucede conviene” hacen que poner la felicidad de moda tenga muy mala prensa.

Si hiciéramos más seguido el ejercicio de dejarnos conmover por noticias como que disminuyen 33% los casos de HIV en el mundo desde 2001 o un adorable video de perezosos bebé, quizás encontraríamos la inspiración necesaria para pasarla un poquito mejor.

Sospecho que a veces las revoluciones también pueden empezar con ositos pandas, caramelos sugus y una buena taza de café con leche.

Ludmila Gurchenco

Periodista y locutora

@cuestiondeseso

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