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Ermitaño japonés resguarda ciudad fantasma en Brasil

Conocé la increíble vida de Shigeru Nakayama, guardián de una maravillosa ciudad en medio de la selva amazónica.

 

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Shigeru Nakayama, guardián de esta ciudad fantasma en la selva amazónica, contempla el caudaloso Rio Negro. Desde ciertos ángulos parece más mar que río, y eso lo hace recordar Japón.

“Fukuoka se volvía un poco frío durante el invierno”, dijo Nakayama, de 66 años, quien dejó la isla de Kyushu al sur de Japón junto con sus padres y tres hermanos a mediados de los sesenta, en busca de una nueva vida en Brasil. “Éramos campesinos, tratando de salir adelante. Japón quedó reducido a cenizas después de la guerra. La vida aún era difícil”. “Pero Brasil era la tierra de nuestros sueños”, comentó Nakayama, entrecerrando los ojos ante el sol del medio día, mientras recargaba su cuerpo enjuto contra uno de los derruidos edificios de piedra de Airão Velho, un pueblo abandonado y a merced del abrazo de raíces y enredaderas.

Si hay alguien en este rincón de la Amazonia que puede dar testimonio de cómo los sueños se van revelando de formas inesperadas, sin duda, ése es Nakayama. Pero cuando los visitantes son arrastrados por la corriente hasta las ruinas de Airão Velho, Nakayama, en su portugués con acento japonés, prefiere despertar el interés con un poco de historia acerca del enigmático vestigio que ha jurado proteger.

Durante miles de años, pueblos indígenas habitaron la región, dejando su huella con petroglifos, señala el guía. Luego, en el siglo XVII, expediciones de esclavistas de São Paulo penetraron estos tramos, dejando a su paso los estragos del genocidio de las tribus que habitaban en la ribera del Rio Negro.

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Los portugueses fundaron entonces un puesto de proselitismo en 1694, al que llamaron Santo Elias do Jaú, estableciéndose en la vasta selva codiciada tanto por Portugal como por España. Los historiadores afirman que este asentamiento amazónico precedió a las ciudades mejor conocidas del sudeste de Brasil de la era colonial, como Ouro Preto y São João del Rei, que se fundaron a principios del siglo XVIII.

Los misioneros estuvieron aquí compitiendo por almas, predicando a los pueblos indígenas en una iglesia de piedra durante buena parte de un lapso de 200 años. Antes de que Brasil declarara su independencia en 1822, las autoridades en la distante Lisboa cambiaron el nombre del asentamiento a Airão, que en los mapas siguió siendo un pequeño punto en una vasta frontera. Nakayama menciona esos detalles y abre la puerta de la choza en donde vive. Un afiche sobre la pared, de una morena con poca ropa sosteniendo una lanza sentada sobre un tigre, cuelga al lado del mapa de las carreteras de Brasil (aunque esta región donde la selva es muy densa casi no tiene caminos; la mayoría del transporte se hace en bote).

En una de las habitaciones de la choza, Nakayama ha creado una especie de museo en honor a Airão Velho. Llegó aquí en 2001, después de vivir en una parte del Amazonas donde las autoridades crearon un parque nacional, por lo que desalojaron a los habitantes. En aquella época, un descendiente de los Bizerra, la familia que solía controlar Airão Velho, le pidió a Nakayama que se hiciera cargo del sitio abandonado.

Una pintura al óleo en su museo muestra cómo podría haber lucido Airão Velho en sus buenos tiempos, durante la fiebre del caucho de finales del siglo XIX y XX, cuando el asentamiento servía como punto de reunión de resineros y comerciantes. Se cree que en las épocas de máximo esplendor, cientos de personas vivieron aquí, recorriendo las calles empedradas entre tiendas y edificios municipales de estilo colonial, resguardándose de los torrentes tropicales bajo techos de teja portuguesa.

Antes de que Nakayama llegara hasta Airão Velho, donde los visitantes a las ruinas lo llaman “el ermitaño de la selva”, su existencia no siempre fue tan solitaria. Tuvo dos compañeras en el pasado, relata. La última, una maestra, murió de una enfermedad desconocida al mismo tiempo que decidió venir a vivir a este sitio. No tuvo hijos. Al principio, Airão Velho, a varias horas en bote desde la ciudad de Manaus, no estaba tan desolado. Aunque los residentes habían ido abandonando el sitio pasado la fiebre del caucho, unas cuantas familias habían tratado de repoblar la ciudad. Una escuela para niños de comunidades vecinas le daba un poco de vitalidad.

 

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Pero al igual que esas fantasmagóricas imágenes de sitios como Chernobyl, ahora la escuela está vacía, a pesar de los garabatos en los pizarrones y los libros regados en el suelo que la hacen ver como si los alumnos se hubieran ido de excursión por un año. Empuñando un machete, Nakayama sigue cortando el follaje alrededor del edificio, haciendo un esfuerzo por darle un mejor aspecto.

“Me da gusto que haya alguien que cuide de Airão Velho”, dijo Victor Leonardi, historiador de la Amazonia en la Universidad de Brasilia que exploró las ruinas en los noventa. “Entonces olía a orina de jaguar, pero era evidente que estuvo lleno de riquezas en algún momento, que ahí la gente cenaba en porcelana inglesa y tomaba coñac francés”, añadió.

Un ermitaño en el Amazonas tiene mucho tiempo libre. Un generador eléctrico y una antena le permiten ver un poco de televisión; le gusta ver los partidos del Flamengo, su equipo de fútbol. Caza algunos animales para consumo propio, como el paco, un roedor de sabrosa carne similar a la de cerdo; también se ocupa de un pequeño huerto. “Nunca he estado en un hospital en toda mi vida”, expresó Nakayama, mojándose los labios después de terminar un plato de concha de tracajá, una tortuga que tiene franjas amarillas alrededor del cuello.

 

Visto en New York Times

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