Buen Samaritano

Donante y receptora se conocen y ahora son amigas

Virginia postergó los planes de su vida y eligió ayudar a Carolina, que luchaba contra una leucemia. Una historia de lucha y solidaridad.

 

 

Virginia Ávila había ido al hospital de La Plata a donar sangre para ayudar en la operación del papá de un amigo. Sin pensarlo demasiado, casi como un impulso, aceptó ese día inscribirse en el Registro Nacional de Donantes de CPH (Células progenitoras hematopoyéticas). El proceso es simple: una pequeña porción que iría destinada al paciente se deriva al Incucai, donde se clasifica y almacena la información.

Seis años después, llamaron a su casa, en Brandsen: “Virgina, hay posibilidades de que seas compatible con una mujer argentina de 32 años que tiene un hijo de dos”. Su primera reacción fue decir sí. Después de eso, llegaron los miedos, nervios y hasta la postergación por un tiempo de su proyecto de vida: tener un hijo con su pareja, Cristian. “Cuando te llaman, se te cae el mundo”, comenta Virgina, que en ese momento tenía 25 años. Fue todo rápido y vertiginoso. Dos meses después, salía intacta y sin ningún problema físico del instituto Alexander Fleming tras hacer la donación. “Es como cuando te sacan sangre. El mismo día podés volver a dormir a tu casa”, dice. Sus células madre iban en camino al hospital Italiano, donde hace un tiempo estaba internada Carolina.

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A Carolina Juárez, de 34 años, sufre de leucemia linfocítica aguda, un tipo de cáncer de la sangre. Tuvo que esperar demasiado tiempo para conseguir un donante; se perfilaron dos estadounidenses y un alemán, pero faltó compatibilidad. “La situación de que tu vida dependa de una persona que no conocés es desesperante. Hay un 23% de posibilidades de tener compatibilidad con hermanos, pero yo no las tuve con ninguno de los dos que tengo”, cuenta Carolina.

 

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Ambas mujeres, en un momento de felicidad mutua

 

“Mi médico me dijo que tenía que decidir: o Nacho dejaba de ir al jardín y se aislaba conmigo en casa o lo dejaba de ver por un tiempo. No podíamos correr el riesgo de que trajera un virus. No lo dudamos y se quedó con nosotros”, cuenta Carolina sobre la decisión que tomó junto a su marido, Luciano. A Virginia le cuesta explicar la razón por la que decidió hacer la donación, pero cree que el hecho de que quien necesitaba el trasplante era una mujer con una edad similar y un hijo de dos años la sensibilizó. “Yo me sentí más plena cuando doné…es poder salvar una vida”, comenta luego.

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“Muchos se tiran atrás cuando reciben el llamado”, comenta Néstor Carballa, quien habló con Virginia por primera vez y siguió el proceso paso a paso. Y agrega: “A la persona que dona la acompaño en todo. Mi teléfono queda abierto para que me llame en cualquier momento y para que se saque todas las dudas. El sistema es cuidadoso y respetuoso para los que están dispuestos a donar”. En la Argentina, hay algo más de 100 mil personas inscriptas en el registro nacional de CPH. En el mundo, unas 24 millones forman parte del banco de sangre. Se trata de una red mundial: un paciente en Italia puede recibir las células madre de un donante en India.

Con ese contexto, fue una verdadera casualidad que una argentina ayudara a otra argentina. “Cuando me enteré, no paré de llorar en toda la noche”, dice Carolina. Un año después del trasplante, tanto el donante como el receptor tienen la posibilidad de pedir, a través de una carta al Incucai, la oportunidad de conocerse. Por teléfono y mails, ambas mujeres se conocieron y ahora parecen amigas de toda la vida.

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