¿Es o No es?

Descubren cómo borrar recuerdos traumáticos

Daniela Schiller es una neurocientífica que estudia la reconsolidación de los recuerdos, o, en otras palabras, cómo lograr modificar experiencias traumáticas para que pasen a ser, simplemente, recuerdos buenos o neutros emocionalmente.

¿Es lícito que la ciencia modifique nuestros recuerdos para vivir con menos miedo o deberíamos dejar a las cosas tal cual son, naturalmente?

 

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Daniela Schiller, gran responsable de esta posibilidad

 

En una conferencia que dio recientemente en el Intituto Psiconalítico de Nueva York, Schiller explicó cómo la investigación demostró que los recuerdos no son trazos físicos estáticos en el cerebro, sino constructos maleables que pueden ser reconstruidos cada vez que se los llama. Y apuntó a que los psicoanalistas pueden usar este conocimiento para bloquear las emociones que los pacientes sienten al recordar eventos traumáticos.

Resulta que Schiller no sólo se dedica a la neurociencia, sino que canta en una banda compuesta por especialistas de esa rama, llamada Amygdaloids, y su hit se titula – justamemte – “Pastilla para la memoria”. El estribillo dice algo así como “Sólo dáme una pastilla, borráme los recuerdos”. La ironía es que la investigación llevada a cabo por Schiller y equipo va en esa dirección: borrar recuerdos para que momentos que nos atemorizan o nos oprimen dejen de existir.

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Lo cierto es que la científica ha estado a la vanguardia de los estudios sobre cómo funciona la mente humana desde hace ya algunos años, en la Escuela de Medicina del Hospital Mount Sinai. La clave: cómo modificar el impacto emocional de la memoria agregando nueva información o recreando contextos diferentes. Esto implica un vuelco a cien años de neurociencia y a cómo pensamos a la permanencia de la memoria y a la identidad, además de sugerir un tratamiento no farmacéutico a trastornos y ansiedades varios.

En 2010, Schiller publicó un ensayo sobre un experimento que demostró que los recuerdos pueden ser modificados cada vez que recordamos un hecho. Y, si se actúa antes de que el cerebro recomponga molecularmente el entramado que hace al recuerdo, se puede reescribir completamente la experiencia emocional. “Al afectar a la memoria emocional, uno no afecta al contenido”, afirma Schiller, “Uno recuerda perfectamente lo que pasó, sólo que desprovisto de la carga emocional que antes producía ansiedad”.

Ya hacia el 1900 dos científicos alemanes, Georg Elias Müller y Alfons Pilzecker, habían sugerido que la memoria es frágil y modificable, pero que una vez que se consolida se vuelve estática. En 1968, Donald J. Lewis, de la Universidad Rutgers, demostró que las ratas pierden el miedo asociado a los recuerdos si se les da un shock electroconvulsivo justo antes de que se las induzca a recordar. El shock producía amnesia respecto al miedo previo; así, podía reformularse la carga emotiva del recuerdo. Sin embargo, se consideró a estos estudios marginales y poco aptos para humanos.

Schiller, que ostenta un doctorado en Psicobiología de la Universidad de Tel Aviv, cita como referencia obligada de su trabajo a la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, de Michel Gondry, la cual la llevó a seguir sus estudios en la Universidad de Nueva York. Hacia 2009, presenció un estudio llevado adelante por Nader con ratas, a las que se adoctrinó para sentir miedo ante un sonido agudo, y en ese momento se les inyectaba una droga que bloqueaba la síntesis de proteínas en sus amígdalas, lo cual suprimía el miedo asociado al evento. Las ratas pronto dejaron de temer al sonido agudo. Esta fue la prueba de que algunos recuerdos pueden ser neuronalmente reescritos cada vez que reaparecen.

 

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Schiller junto a Nader: creer es poder

 

Schiller fue la encargada de continuar los estudios de Nader, y descubrió que el experimento podía hacerse en humanos exitosamente con una droga llamada propranolol, pero le llevó cuatro años obtener el permiso institucional. “Me pasé todo mi postdoctorado esperando que aprobaran ese experimento”, recuerda la insraelí. Pero en esa espera se embarcó en otro proyecto aún más interesante: algunas pruebas demostraban que el miedo podía eliminarse en ciertas ratas sin bloquear la síntesis de proteínas. Schiller trasladó esta prueba a los humanos, quienes veían un cuadrado azúl cada vez que venía un shock, y demostró que existe un pequeño margen en el cual ese miedo puede modificarse, y el cuadrado azúl ser percibido como algo no tarumático. El estudio fue publicado y aceptado exitosamente en la comunidad científica.

Hoy en día, la teoría de la reconsolidación de los recuerdos para ser mucho más que una moda pasajera. El trabajo de Schiller contagió a Thomas Agren y su equipo en la Universidad de Uppsala, en Suecia, donde lograron que humanos recordaran eventos desprovistos de su carga traumática inicial. También la Universidad de Pekin logró avances en tratamiento no farmacológicos para manipular la memoria de adictos a la heroína, que lograron así curarse de su adicción.

Hoy en día Schiller está enfocada en el estudio de la aracnofobia, como siguiente paso en su estudio de la reconsolidación de recuerdos. El objetivo final es el efecto terapéutico, administrar sustancias como el propranolol a baja dosis y con poco margen luego de la experiencia traumática para minimizar el impacto emocional del recuerdo. Todo recuerdo es un invento, y el pasado no es más que el último modo que encontramos de contarlo. O, en palabras de Schiller: “La memoria es lo que somos ahora”.

¿Es lícito que la ciencia modifique nuestros recuerdos para vivir con menos miedo o deberíamos dejar a las cosas tal cual son, naturalmente?

Visto en Technology Review

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