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Democracia otra vez

Ayer domingo, los porteños inauguramos nuestro calendario electoral que puede llegar a la cifra de seis compromisos con las urnas. Todo un número, gratificante por cierto. Seguramente no faltarán las voces que interpretarán este nutrido almanaque como una grilla de alteraciones al clásico día de descanso semanal. Hay de todo en la viña del Señor. Hoy nos dirigimos a las escuelas a sufragar porque así lo determinan los ciclos constitucionales, estamos acostumbrados para bien y la ansiedad casi desesperada de que llegue el día cívico por excelencia fue bajando con el correr de los años, por diversas cuestiones. Desde la recuperación de la democracia esas ansias se convirtieron en necesidad solo una vez. Ese domingo llegó, por supuesto.

Por Nicolás Moretti

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La mayoría de nosotros conocimos, porque la hemos vivido, la traumática etapa que atravesó el país fundamentalmente en el año 2001. Las particularidades de esos años son inolvidables. Solo algunas: Desempleo del 24%, índices de pobreza superiores a la mitad de la población activa, industrias paralizadas, deuda externa impagable y sideral, 135% del PBI hipotecado, el etcétera es enorme.

Esta coyuntura horrorosa desembocó en la renuncia de un Presidente, en la transformación del bastón presidencial en una papa caliente, un estallido social inmenso y un marcado déficit (otra palabrita de aquellos tiempos) en la representación, totalmente entendible. La apatía reinante era descorazonadora.

Eduardo Duhalde tomó el poder en la acefalia. El Congreso lo eligió para gobernar hasta el 10 de Diciembre de 2003, fecha en la que hubiera finalizado el mandato de De la Rúa. El 2002 no fue distinto a los años anteriores, en lo más mínimo. Detrás de una negociación política que involucró a todo el arco de dirigentes, no quedaba otra que dejar las diferencias en suspenso sin que exista otra alternativa distinta a la de buscar estabilidad como quien busca los anteojos. El Gobierno del ex gobernador bonaerense (y segundo en la elección presidencial de 1999) dejó mucha tela para cortar, muchísima. Fue una administración pétrea, mixta, sin sal y con el único objetivo de, como dijimos, encontrar legitimidad. Algo que tenía en cuentagotas por una razón simple: había sido electo por políticos, no por el pueblo.

El ánimo estaba por el piso en Julio. Para peor, lo inesperable. Nuestro equipo que llegaba favorito como ningún otro se quedó en la primera ronda del Mundial. Lo ganó Brasil. Fue el fondo del barril, desde donde solo se puede subir. El 3 de Julio, el Presidente provisional anunció el adelantamiento de las elecciones. Pero Batistuta no tuvo nada que ver. Los dirigentes sociales Kosteki y Santillán habían sido asesinados en Avellaneda el 26 de Junio por la represión policial y el clima en la calle ya era efervescente. Aunque la desconfianza en los partidos políticos continuaba, la gente le sacó punta al lápiz, agarró los almanaques portátiles que eran furor en ese momento y empezó a tachar numeritos. La fecha, 30 de Marzo.

Las elecciones internas de los partidos estaban previstas para Noviembre. Desde todos los sectores políticos se lanzaron candidaturas, algunas hasta ridículas. Un ejemplo: el fabricante de lonas Juan Mussa, que ostenta el historial de haberse presentado en quince elecciones, postulándose para todos los puestos que existen, llegando al número de cuatro mil votos en la totalidad de sus intentos. No sé porque me acuerdo de él en cada elección.
El peronismo, la primera fuerza del país, tomó la decisión de no someterse a internas (que en ese momento no eran abiertas, solo para afiliados) y de presentar varias listas con los símbolos partidarios. De esta manera, las elecciones internas quedaron en la nada. A esto se le sumaba que cada provincia tenia fechas distintas para sus comicios locales lo que hacía caótico el armado del mapa electoral. Se tomó la decisión de atrasar un mes la elección presidencial y hacerla coincidir con la de todas las provincias. La nueva fecha, y esta vez definitiva, 27 de Abril.

Fue un domingo de sol, templado. Todo lo relacionado con una elección colapsó. En las mesas de las escuelas se formaban filas de hasta 200 metros, las avenidas estaban repletas desde la mañana, autos (casi un bien de lujo en 2003) estacionados en triple fila, se registraron más de 70 mil llamados telefónicos por hora para averiguar el lugar de votación (Internet no lo era todo en aquel entonces), se atendieron casi siete millones de consultas por el padrón y la concurrencia fue superior al 80%. Dos millones de argentinos que no habían votado en las elecciones del “voto bronca” en 2001 lo hicieron en esta ocasión. Este número no estaba compuesto en su totalidad por pibes de 18 años que tenían su primera vez. El porcentaje de votos nulos y en blanco fue el más bajo desde 1995, Bart Simpson dejó las urnas y volvió a la televisión.

La política es el arte de lo posible: Carlos Menem ganó las elecciones. Su Frente por la Lealtad obtuvo el 24% de los votos. Este es otro dato a destacar. Desde la convocatoria a elecciones se descartaba tajantemente la posibilidad de que cualquier candidato ganara en primera vuelta y el mandatario que resultase electo tendría que tejer alianzas de todo tipo y color para poder gobernar en paz. Dos puntos por debajo del riojano se ubicó Néstor Kirchner, a quien pocos conocían un año antes y ninguno olvidaría jamás, por h o por b. Peronistas los dos, claro está, al igual que los 15 gobernadores que fueron elegidos aquel día.

Lo que sucedió luego es historia conocida. El ballotage estipulado para el 18 de Mayo nunca se realizó, Menem se bajó y Kirchner resultó electo. Su espacio, el Frente para la Victoria, aun gobierna e intentará seguir haciéndolo este año.

Votar es obligatorio. Esto no es una imposición autoritaria, es una hermosa responsabilidad que tenemos todos. Oportunidad que pedíamos concretar a gritos en 2003 y que pudimos materializar. Siempre hay ganadores, disconformes, involucrados, los que no lo son tanto, desconfiados. Pero la indiferencia es un lujo que no nos podemos dar nunca, porque de hecho no lo es.

Hasta el próximo lunes.

¡Salud!

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