Opinión

Creer es crear, por Camila Pino

Creer es crear

 

Camila Pino

 

Con la sana costumbre de cada semana, empiezo los lunes con la columna de Buendiario porque es mi mejor manera de que la energía necesaria para volver al trabajo con todo provenga de incorporar un punto de vista positivo, frente a tantos otros que buscan titulares atractivos por impacto negativo.

Esta vez la columna me encuentra del otro lado, y lo voy a aprovechar para contar por qué está bueno ser bueno, y espero que al finalizar la nota crean que la redundancia valió la pena.

En la moderna rutina de la que todos somos parte, ya sea por omisión u acción, hay una idea abstracta de que todo lo que es rápido es mejor, de que todo lo que no busca involucrarse demasiado es útil, de que todo lo que no intenta nada a largo plazo es conveniente, de que todo lo que es bueno, peca de ingenuo. De que no hay que confiar, porque podemos perder mucho.

Antes que nada, pecar de ingenuo encierra en sí misma como expresión la idea de que la ingenuidad debe evitarse. La curiosidad mató al gato, otra, que reza para que no busquemos más allá, para que no intentemos averiguar lo que nos gusta, atrae o interesa.

La recopilación de frases podría seguir, pero para qué si a esta altura puedo contarles por qué creo que toda la idea de ser bueno, de ser amable, de preguntar, de ser curioso, me parece por lejos una motivación para hacer.

Los buenos, esa gente que cree en los demás y en las cosas, aquellos que no tienen miedo (ni vergüenza) de preguntar todo lo que quieren, lo que no saben o lo que entienden como importante saber, los que antes de la especulación consideran importante hacer, construir y luego levantarse si por correr se cayeron.

Buenos podemos ser todos en algún momento, pero hay algo que muchas veces nos aleja porque alguien nos dice, “no tenés que confiar en la gente, no tenés que actuar sin pensar en todo antes, no tenés que dar sin recibir, o mejor pájaro en mano que cien volando.” Todas expresiones populares que nos hacen olvidar de a poco de lo que realmente queremos ser, hacer o decir, por el miedo que implícitamente nos imprimen quienes nos instan a ser precavidos y desestimar nuestros instintos y deseo propios.

El que cree, crea. Solo cuando tenemos confianza en algo y ponemos nuestra energía en eso, construimos, hacemos. El mundo y sus más lindos momentos están reservados para los que se dejan guiar por sí mismos, por los que son curiosos y logran mostrarnos que el marco de lo posible puede siempre extenderse.

Así como Buendiario, todos los proyectos e incluso emociones que no tienen miedo de ser ingenuos, que desestiman el marketing abstracto que se hace sobre que lo bueno es superficial o naif; son ésos los impulsos que nos mueven y que ponen todo a girar.

A girar entonces que es lunes, a creer y crear. Les dejo un link de un poema donde Oliverio Girondo, con mucha más belleza, logra insistirnos en que seamos genuinos:

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la saña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad.
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces…
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.

 

Camila Pino
Periodista

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