Sociedad

Cowboys e indios unidos contra contaminación de desierto

Las dos facciones, históricamente enfrentadas, hoy se unen ante el Congreso norteamericano para luchar juntos por el medioambiente, evitando la construcción de un acueducto que hará mal a la tierra y a la gente.

Por Cecilia Martínez

 

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Toda una postal de unión.

 

La vulgata de la cinefilia dirá que el western es un género signado por la relación conquistador-conquistado, asignando el primer papel al hombre blanco y el segundo a las tribus indias. Pero el cinéfilo real, ese que ha visto cientos de exponentes del género, quizás puede aclarar las cosas y contradecir ese relato popular. Quizás sea por ese cliché que dice que indios y cowboys son enemigos, como quizás nos enseñó Danza con lobos, que el espectador o lector se sorprenda al enterarse de la reunión de esos bandos en pos de una causa común. Pero una cosa es la cinefilia y otra es la realidad, que a partir de un hecho de naturaleza ecológica viene a demostrar que, a veces, hay que ver más cine.

Si bien la tradición del western clásico se ocupó de retratar un mundo blanco en plena etapa de formación y consolidación del estado-nación, permanentemente en vilo por un posible ataque de aquello que pusiera en riesgo la conformación de esa identidad, el mismo western terminó demostrando que esa contraposición histórica no siempre fue tan maniquea como se la presentaba. Muchas veces, incluso, se pudo mostrar la posibilidad de un entendimiento, poniendo en el centro cuánto más intolerante puede ser todo aquel que se piensa dueño de una verdad, hable desde la cultura que hable.

 

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Como en las películas, pero con amor.

 

Lo cierto es que esa cultura menos polarizada que muestran los westerns más complejos (como Más corazón que odio, de John Ford, 1956) termina teniendo un correlato presente. Ahora, en 2014, la causa que une a indios nativos y cowboys es el daño ambiental que provocaría la construcción del oleoducto Keystone XL, tendiente a unir Canadá con Nebraska. El acuífero Ogallala suministra agua potable a cinco millones de personas, lo cual se vería seriamente afectado por la construcción del oleoducto, sin mencionar los riesgos que conlleva el proceso de extracción de petróleo (refinamiento y disolución).

Quizá sea que, derretimiento de glaciares de por medio, calentamiento global aparte, cataclismos climáticos mediante, indios y blancos comenzaron a tener en cuenta que se acaba el juego del potencial de la tierra, por lo que la protección del medio ambiente, más allá de lo cultural, también tiene su correlato económico: sin tierras ni agua el hambre se extiende como plaga. Y, como bien nos enseñó otro género, el de las películas de terror de Armaggedón (o fin del mundo), cuando las papas pelan, mejor ponerse de acuerdo y agarrarlas con cuidado.

 

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Marcha al Congreso.

 

Hoy blancos e indios se han unido frente al Congreso de Estados Unidos, donde acamparon en señal de protesta. Muchos ven esta unión como un catalizador para resolver cuestiones pasadas, para limar asperezas, para que los blancos tengan ahora la posibilidad de revertir años de maltrato (o lavar culpas) hacia los nativos. Los cinéfilos quizá vean, más desconfiados, que, a buen entendedor (de negocios), pocas palabras.

Visto en Occupy

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