Efemérides bd

Clay versus the United States: la pelea del siglo

“No voy a ir a diez mil millas de aquí y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar con la dominación de los esclavistas blancos”. Lapidario ¿no? Quien quiera oír que oiga, nada de vueltas ni argumentos tibios. Los invito a que pasen y vean la victoria más apabullante del mejor de todos.

Por Nicolás Moretti

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Mohammed Alí fue el más grande boxeador de todos los tiempos. Por escándalo. Esta opinión es subjetiva, pero no tanto. Seguro cada uno de ustedes tendrá su elección al respecto y las argumentaciones hablarán de estilo, coraje, categoría, simpatía, pegada o quijada, pero apuesto un auto contra un chupetín a que ninguno dejaría afuera a Alí. El boxeo moderno, su circo mediático con los millones de dólares alrededor y todas las superficialidades de este deporte (¿Se imaginan lo que cotizaría Alí en el boxeo hipermarketinero de estos tiempos?) comenzaron con Clay y sus declaraciones previas a los combates, es cierto. Algunas casi repugnantes, otras históricas. Sin embargo, Alí no abría la boca para hacerla parecer una letrina, ni tampoco para hablar solamente de boxeo; sin que le importen las consecuencias decía lo que pensaba y lo que quería. Y lo hacía. En 1967 él y unos pocos daban su verdadera opinión sobre Vietnam. Por su rebeldía fue sancionado donde más le dolía: su orgullo. Lograron todo lo contrario a sus propósitos. Lo inmortalizaron.

La objeción de conciencia en la que Alí basó su negativa a enrolarse en las Fuerzas Armadas y prestar servicio en el mayor sinsentido que EEUU haya conocido, tuvo, por lo menos, dos argumentos centrales. Primero, todos sabían que Alí se había convertido al Islam, credo que no estaba demonizado como ahora pero la agrupación que Alí integraba (la Nación del Islam) era vista con malos ojos. Aunque en 1935 la Justicia de ese país había fallado acerca de otro caso de objeción de conciencia ligado a la religión a favor de los “acusados” (dos niños habían sido expulsados de un colegio, y luego reincorporados, por negarse a saludar la bandera, acto que era considerado como idólatra para los Testigos de Jehová), no hubo ninguna contemplación para Alí y su justificación religiosa de negarse a intervenir en el conflicto.

God bless America.

La segunda razón, y la más importante, era que Alí era negro. Su conocida amistad con Malcolm X derivó en su conversión al Islam pero también en un decidido activismo a favor de la minoría negra que, en la década del 60, se encontraba en el súmmum de la persecución racial. Alí no estaba dispuesto a ir a la guerra, pero mucho menos listo a defender los intereses de un país que despreciaba los suyos. Alí, al igual que millones, era tratado cruelmente por su condición.

Recordemos que en 1967 Alí no era un boxeador en ascenso. Había sido medalla de oro en las Olimpiadas de Roma de 1960, y estaba orgullosísimo de ser norteamericano. Desde 1964 era campeón del mundo de peso completo y era una celebridad a nivel mundial. Enviar a la guerra a Mohammed era una demostración de EEUU al exterior (nadie podía terminar de creer lo que estaba pasando en Vietnam) de que toda su población estaba dispuesta a combatir por su país, también los famosos. Pero Alí era distinto. Arriba y abajo del ring.

El castigo ante semejante improperio debía ser ejemplar.

El 8 de Mayo de 1967 el Gran Jurado Federal de Estados Unidos (¿Gran?) lo declaró culpable de deserción, uno de los peores cargos con el que se pueda procesar a un norteamericano. Una semana antes el Estado de Nueva York había clavado un alfiler en el corazón del campeón quitándole su licencia para boxear y, por supuesto, la AMB le quitó su titulo mundial declarándolo vacante recién en 1970. Pero esto no fue todo. Por su traición fue condenado a cinco años de prisión y multado con 10 mil dólares. Pudo evitar la cárcel pero su orgullo estaba destruido.

Su relación con el Gobierno y la opinión pública fue ríspida desde ese momento. Ya sabemos cómo son los norteamericanos con su patriotismo en épocas de guerra. Nada peor que un cobarde que no quiere pelear por su país y que encima alardea y se enorgullece de ser musulmán y de ser afroamericano.

Durante su inactividad Alí concentró toda su energía en su militancia en contra de la xenofobia y de la guerra de Vietnam. Brindó conferencias en escuelas, viajó por diferentes lugares de su país y del mundo dando su opinión, se convirtió en un símbolo para los atletas afroamericanos y en un referente mundial en pos de la igualdad de razas. Pero él quería boxear.

Tres años después, en 1970, hubo una movilización de un millón de personas en Washington pidiendo por el fin de la guerra. Alí, desde ya, asistió. Poco tiempo después fue amnistiado por la Justicia de su país, le devolvieron la licencia y un año más tarde la Corte Suprema de Justicia falló a su favor dando por válida su objeción de conciencia, lo que fue un duro golpe para el Gobierno de Nixon y su agresiva política exterior, teniendo en cuenta que su sociedad pedía insistentemente el retiro de las tropas. Alí y sus posturas antiguerra estaban ahora amparadas no solo por la gente sino también por la Justicia.

Maduraba el K.O.

Después de tres años sin pelear Alí comenzó a tomar ritmo enfrentando a rivales ignotos (incluso anduvo por la Argentina en 1971 donde hizo una exhibición en la cancha de Atlanta) e intentó recuperar su corona arrebatada en los escritorios sin éxito contra Joe Frazier, que le quitó el invicto a Alí en un combate brutal. Fue en Zaire, en una pelea histórica contra George Foreman que se vivió como una fiesta en el continente africano en 1975, donde Alí recuperaría el titulo que nunca debió perder. La justicia poética también estaba con él: Ese mismo año EEUU retiró sus tropas de Vietnam.

Su último combate en el ring fue en 1980. Perdió, pero a nadie le importa. El Parkinson lo tiene contra las cuerdas hace muchos años pero Alí no cae, aunque ya tenga asegurada una derrota holgada. Tampoco importa. Es un ícono del deporte, de la moral, de la igualdad y de la superación personal. ¿Floyd Mayweather? No señores. El mejor libra por libra fue y será Mohammed, en todos los ámbitos.

Hasta el próximo round.

¡Salud!

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