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Christiania, la ciudad más libre del mundo, se renueva

La ciudad, núcleo autónomo dentro de Copenhague, es uno de los últimos espacios del mundo donde no hay policía ni autoridad y funciona el trueque comunitario. Sus vecinos, organizados, decidieron adaptarse a los tiempos que corren y convertirla en un espacio creativo, desde el cual impulsar la ecología, la tolerancia y la libertad.

 

 

La ciudad libre de Christiania, ubicada en uno de los barrios más de moda de Copenhague, tiene cuatro entradas. Se extiende a lo largo y ancho de 32 hectáreas de un antiguo cuartel okupado en los setenta por un puñado de hippies. Su calle principal es la “calle del Camello” (Pusher Street) y contiene casas, lagos y canales, que dan forma a una comunidad anarquista e independiente en una de las zonas más codiciadas de la capital danesa. Ahora, los 784 vecinos que viven en las 700 viviendas ubicadas en el gran espacio verde de Christiania, han decidido cerrar las puertas temporariamente al turismo, para poder reinventarse.

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Christiania es, después del parque de atracciones Tívoli, el lugar más visitado de Dinamarca, con más de un millón de turistas al año. A cuarenta años de su nacimiento, los habitantes de la comunidad sienten que es hora de volver a fundar el espíritu que la creó, de reinventarse. “Seguimos siendo una sociedad alternativa, con estructura anarquista, en la que reunidos en asambleas tomamos decisiones por consenso. El futuro nos plantea desafíos y tenemos que afrontarlos”, explica Alan Lausten, el portavoz vecinal. Los christianienses se han organizado en diferentes grupos de trabajo que presentan propuestas para ser debatidas. “Gestionamos un modelo diferente de autogobierno que funciona. Tenemos sueños, sí, pero también los pies en la tierra”, puntualiza Alan.

La compra y venta libre de marihuana en Christiania es un hecho, y lo ha sido durante las últimas cuatro décadas. Es una actividad consentida por las autoridades danesas, una realidad de la que además se sienten orgullosos no solo los vecinos de la más extensa y longeva comunidad de okupas del mundo, sino también muchos de sus compatriotas. Pusher Street es el mercado de marihuana más grande del mundo. Los vecinos son quienes han decidido trazar el límite entre el consumo recreativo y el tráfico ilegal de drogas, y se ponen firmes. “Defendemos un tipo de vida tranquila y creativa. No nos gustan ni los problemas, ni los desalojos, ni las intimidaciones, ni la violencia. Si legalizaran el cannabis se reduciría la criminalidad y ganaríamos todos”, defiende Britta Lillesoe, una de las pocas pioneras que aún siguen en Christiania.

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En la comunidad hay costumbres muy asentadas, como el reciclado, la organización de la basura según su tipo, el uso de bicicletas en vez de autos y la protección del espacio verde. Los propios vecinos construyeron sus casas en los setentas y eligieron el autogobierno, que hasta el día de hoy funciona; las autoridades danesas no pueden entrar allí. “Queríamos demostrar que otro sistema de vida, en que todos nos ayudábamos y compartíamos lo que teníamos, era posible. Creíamos en una sociedad autosuficiente, autogobernada y asamblearia”, explica Lillesoe, quien redobla la apuesta: “Si entonces fuimos un experimento social, hoy podemos llegar a ser una zona experimental”.

Los habitantes del barrio decidieron en sus asambleas de enero hacer de Christiania una ecometrópoli llena de nuevos proyectos de arquitectura creativa y medioambiental. Construirán 200 nuevas viviendas y reacomodarán a sus vecinos según la cantidad de integrantes por familia. Fomentan la utilización de materiales sustentables y la generación interna de puestos de trabajo. Entre sus residentes hay músicos, pintores, obreros, profesores de universidad y médicos, pero todos colaboran en la construcción y cuidado de la ciudad. Y han logrado, a base de consistencia ideológica, estar exentos del pago de impuestos de bienes inmuebles ni recogida de basura.

“Tenemos que convertir a esta ciudad libre en una parte creativa y experimental de Copenhague. Ha de ser un foco de atracción cultural y de creación alternativa”, insiste Lausten. Christiania sigue fiel al estatuto que dice que la propiedad de la tierra es comunal y acepta donaciones de personas externas que simpatizan con su causa, pero además dialoga activamente con miembros del Ayuntamiento de Copenhague y del Gobierno nacional, y defiende con firmeza sus causas, entre ellas la de la legalización del cannabis.

Ahora, los vecinos de Christiania adaptan su sueño a los nuevos tiempos, y quieren volver a ser esa esperanza en un mundo libre, autónomo y civilizado. Hay unas pocas reglas que cumplir (no sacar fotos, no consumir drogas duras y no correr, porque crea pánico), pero reina la libertad, y así quieren conservarla, reactualizando el modelo de cara al futuro.

Visto en El País

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