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Cárcel noruega reeduca mediante trabajos ecológicos

Bastoy es una cárcel en una isla, pero nada tiene que ver con Alcatraz: no hay rejas, cercas ni uniformes, y los presos viven en juntos en comunidad, trabajando la tierra.

 

 

A apenas una hora de distancia de Oslo por vía marítima se encuentra la isla Bastoy, una cárcel de mínima seguridad de 2,6 kilómetros cuadrados donde viven 115 prisioneros y 69 guardias. Se trata de un modelo de cárcel progresiva, que promueve los derechos humanos y la tolerancia. Alguna vez fue el hogar de un reformatorio juvenil, pero esos tiempos quedaron atrás.

La cárcel nació en el 1900 para corregir a jóvenes criminales y en 1915 fue testigo de una feroz revuelta, lo cual resultó en la intervención del ejército noruego, que reprimió el levantamiento. En 1953 se puso fin a los duros tratos del reformatorio gracias a la intervención del Ministerio Noruego de Asuntos Sociales, y en 1970 se cerró dicha institución. En la actualidad, la cárcel volvió a funcionar, pero cumple otras funciones, más humanas y cercanas a la actual Noruega. Es un experimento social que salió bien, un intento de rehabilitar a los convictos a través de valores como la responsabilidad, la confianza o el liderazgo.

Noruega apuesta fuerte a que Bastoy sea una de las primeras “cárceles ecológicas”, y lo está logrando. La clave es la relación entre los presos y el ambiente natural que los rodea, llevar al criminal a entender que el ambiente en el que nació y se desarrolló lo condujo a sus malas acciones; el contacto con el trabajo rural, en un entorno estimulante y saludable, busca guiarlos hacia los buenos impulsos. Que el convicto aprenda a confiar en otros, a respetarse a sí mismo, que se muestre fiable ante otros: ese es el objetivo.

El porcentaje de reincidencia es bajísimo, llamativamente esperanzador. Solo el 16 por ciento de sus presos vuelven a cometer una ofensa al salir, mientras que en el resto de Europa esa estadística ronda el 70 por ciento y en Estados Unidos el 67,8 por ciento, tomando tres años como período de medición. La cárcel de Bastoy ocupa la totalidad de la isla a través de 80 edificios que dan forma a la comunidad; entre ellos se cuentan negocios, una biblioteca, servicios de salud, una iglesia, un colegio, un faro y hasta un puerto regulado.

Los presos usan su propia ropa y tienen habitaciones propias, de las cuales tienen una llave. Pueden usar un gimnasio y una pared para escalar, hay un cine en la isla y tienen permitido hacer caminatas, ir a la playa y tomar cursos educativos. Mientras respeten su condena, cumplan con el trabajo asignado y muestren señales de progreso, hasta pueden andar a caballo. La idea de los trabajos rurales es que el preso aprenda un oficio al mismo tiempo que produce, y sale de la isla con una licencia de artesano. Entre las opciones se puede elegir entre la agricultura, los trabajos técnicos, el entrenamiento en una cocina o habilidades marítimas.

La isla no acepta a cualquiera, sino a presos que puedan demostrar su voluntad de recuperarse y prosperar, así como dispuestos a empezar la jornada laboral a primera hora del día. La mayor parte de los presos que llega tiene por delante una condena menor a cinco años. Lo cierto es que el sistema parece funcionar, y quizás otras cárceles puedan tomar nota de los logros.

Visto en Digital Journal

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