Deporte

Armaduras y espadas: un mundial de lucha medieval

Craig Ivey, un personal trainer de Atlanta, lleva en su bolso todo tipo de objetos medievales: un casco de acero, un escudo de cinco lados, un chaleco protector, un mantón rojo, blanco y azúl. El motivo es que este jueves se estará presentando en Aigues-Mortes, Francia, representando a los Estados Unidos en La Batalla de las Naciones, lucha medieval internacional y por equipos.

 

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Caballeros armados, todos contra todos: la gran batalla medieval

Ivey se toma este deporte muy en serio, y por eso ha invertido más de cuetro mil dólares en equipos, entre los cuales hay también otros tipos de escudos, protectores de rodillas y codos de acero y una espada con el extremo alisado, diseñada para golpear pero no lastimar. Todo este equipamiento viaja con él al sur de Francia, donde Craig combatirá por primera vez en la Batalla de las Naciones, una batalla medieval contemporánea que involucra a luchadores de diferentes países.

“Todo el mundo cree que estoy loco”, dice Ivey, que no quiere refutar esa noción. El robusto competidor, de 34 años, es apenas uno de los quinientos participantes que se encontrarán a lo largo de los cuatro días que dura el torneo, provenientes de veintidos países.

Todo empezó con las recreaciones de batallas históricas, hechas con fines teatrales para entretener al gran público. Allí se encontraban hombres con armaduras completas, lo cual dio lugar, en los Estados Unidos, a pequeñas luchas con espadas de madera. El movimiento creció a nivel mundial y la Batalla de las Naciones va ya por su cuarta edición; es el primer evento de esta naturaleza a nivel mundial. El uso de armaduras ha atraído de todas partes a un cierto tipo de luchador, fornido y atlético, pero hasta ahora las tres ediciones previas las ha ganado Rusia.

“Siempre me interesaron la historia y la guerra”, comenta Ivey. “Para poder imaginar lo que eran las cosas en esa época, miro las cosas desde esta perspectiva: Si pierdo la pelea, en esa época hubiera implicado la muerte.”

Hay cuatro formatos en el torneo: uno contra uno, cinco contra cinco, veintiuno contra veintiuno y todos contra todos. El último peleador en pie determina qué equipo es el ganador. Si tres miembros del cuerpo del peleador están en el suelo, debe salir de combate. La pelea de todos contra todos suele durar más que la pelea individual, a veces hasta diez minutos de duración. Hay un árbitro (llamado “alguacil de caballeros”), que puede sacar tarjetas amarillas y rojas, y las posiciones de los peleadores se asemejan a las del fútbol americano.

Jaye Brooks, oficial en jefe del equipo norteamericano, reclutó a cincuenta peleadores, en base a dos principios clave: poder pagarse el pasaje a la competencia (que el año pasado fue en Polonia) y “tener las agallas para pelear”. La edición anterior presentó 14 equipos, ocho menos que este año, y ya se está considerando una edición femenina para el año próximo.

“Si te lastimás, te lastimás”, explica Ivey, que es uno de los pocos norteamericanos que no tiene un pasado militar, útil para una competencia como esta. “Mi familia cree que es raro lo que hago, pero si toda la gente fuera igual el mundo sería un lugar aburridísimo.”

El equipamiento que usan los comabatientes es revisado minuciosamente para confirmar que se adapta al período histórico que la competición conmemora, según descubrimientos y hallazgos históricos. Las armas no pueden tener punta, no se permite apuñalar ni hincar de frente a rivales, así como también están prohibidos los embistes verticales al cuello y a la columna vertebral. Los equipos, de todos modos, cuentan con médicos, psicólgos, cocineros, herreros y masajistas.

“Este deporte es ideal para quienes desean participar en una disciplina de antaño, que ama las armaduras y las armas, las artes marciales occidentales y la estirpe de los caballeros antiguos. Todos aquí soñábamos de niños con ser caballeros. ¿Quién imaginaba que podía volverse realidad?”

Visto en The New York Times

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