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Amor: tucumana cura y adopta a niña de Angola

La pequeña había llegado desnutrida y enferma al centro médico donde trabajan tres profesionales tucumanos en Angola.

 

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Todo comenzó en Luena, capital de Moxico, una provincia de Angola. Durante algún tiempo fue colonia portuguesa, por lo que la población habla portugués además de su propio dialecto. Elizabeth soñaba con ir a misionar allá desde hacía muchos años. Hasta que en 2007 la UNT le permitió hacer el rotatorio en el centro médico evangélico de Luena. Allí pudo comprobar la necesidad de atención médica y espiritual de esa población.

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Siempre me gustó ayudar a la gente sabía que cuando me recibiera no solo iba a poner inyecciones sino que quería ayudar al prójimo“, dice con voz suave y casi con timidez. El equipo médico donde está Elizabeth desde la primera Navidad de 2010 está conformado por cuatro argentinos: el médico clínico Juan Emilio Palacios; su esposa, Adriana Rosetto de Palacios, ginecóloga, ambos tucumanos, y la enfermera Liliana Díaz, de Salta. “Como los profesionales somos pocos y la demanda es grande, debemos ser polifuncionales, hacemos de todo“, cuenta mientras la pequeña Sara, de un año y ocho meses, busca instintivamente la cámara del fotógrafo, y sonríe.

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Un día estaba yo en el consultorio cuando entra una mujer con su nieta de dos meses en brazos. Decía que la niña no paraba de llorar. La revisé para ver si había contraído malaria, pero los resultaron dieron negativos. Empecé a sospechar que lloraba por hambre. La abuela sólo la alimentaba con kisangua (agua de maíz) y le daba el pecho porque aún tenía leche. Pero la bebé solo pesaba dos kilos. La familia era muy humilde. Le dí varias latas de leche Nan y le dije que volviera a la semana. Pero cuando regresó a la consulta, la niña estaba más desnutrida que antes. Le propuse entonces que la dejara en casa y cuando mejorara se la devolvería“, relata. Al séptimo mes, Sarita había alcanzado el peso ideal. Pero los abuelos paternos no quisieron llevarla. “Somos muy pobres, la bebé morirá si se queda con nosotros“, se sinceraron.

La pobreza no era la única razón por la que Sarita no podía quedar en su grupo familiar. “En la tribu de los Tchokues, a la que pertenece Sarita, existe la creencia que cuando alguien muere siempre hay un culpable. La mamá de la bebé había fallecido a los tres días de dar a luz, por eso la familia materna culpó a la niña. No quería saber nada con ella porque decían que el maleficio había pasado a la descendencia. En realidad la madre, una chica de 16 años, debía haber muerto por una infección puerperal“, explica la enfermera.

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La vida de Elizabeth ha cambiado completamente. “Antes no tenía horario de salida, ahora salgo corriendo para estar con mi hija. Aunque llegue muerta de cansancio me pongo a jugar con ella“, cuenta Elizabeth, de 43 años. “Los otros miembros del equipo son sus tíos del corazón y la miman todo el tiempo“, sonríe con picardía.

Visto en La Gaceta

Agradecemos a Hernán León por enviarnos esta noticia

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