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A sus plantas rendido un león: a 23 años del fin de la URSS

La semana pasada hemos comprobado una vez más que todos los procesos políticos, por más dogmaticos e ideológicamente afianzados que sean, terminan. Siempre. Como también terminará este sistema algún día, aunque nosotros no lo veamos, quizás. El último miércoles, Cuba y EEUU restablecieron sus relaciones diplomáticas luego de 53 años de inútiles boicots mutuos. La agenda que comenzó con este acto es muy amplia y demandará mucho tiempo y, si bien es un momento bisagra, no altera el orden establecido de las cosas. Orden que alguna vez fue nuevo, su surgimiento vino de la mano del fin y de la ruina de un gigante en serio. Y hacia allá iremos el día de hoy.

Por Nicolás Moretti

 

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La Unión Soviética fue la experiencia política más interesante de la era moderna. Decisivamente influyente desde su nacimiento en 1917, fue el protagonista estelar del siglo XX. Algunos historiadores unen su periodo vital con el de la etapa soviética, la misma cantidad de años que la de un hombre promedio, 74.

No ahondaremos en la atrayente y extensísima historia de los soviets. Hay gente muchísimo más idónea para ello y bibliotecas enteras con literatura relacionada para arrasar, pero algo diremos.

Al revés de lo que sucede hoy y dejando de lado el ideario político, la URSS ofreció durante su existencia una alternativa ideológica de peso real en el contexto mundial. Factor resolutivo y determinante en la Segunda Guerra Mundial, su victoria frente al nazismo le otorgó un inmenso poder. Tal es así que el mundo se polarizó, y el concepto de potencia mutó hacia el de superpotencia, privilegio que compartía sólo con EEUU, representante del credo antagonista, el capitalista. La lucha de poderes de estos dos colosos (lo que se llamó Guerra Fría) se vio reflejada por todos los medios, hasta los más ridículos. Aparte de los muchos países que conformaban orgánicamente a la URSS, un número aun mayor de naciones funcionaron como satélites protectores del sistema comunista, algunas contra su voluntad al no tener alternativa. Estas naciones se repartían por todo el globo haciendo que el influjo socialista sea cada vez mayor.

Su estilo político fue siempre su arista más controversial. El totalitarismo, las medidas antipopulares, las hambrunas, las purgas, las represiones sangrientas y la censura a la propia población, la presión económica sobre naciones afines, los encarcelamientos sin juicio, la prohibición total a escritores e intelectuales de todo tipo… La URSS no se caracterizó nunca por su apertura o por su método democrático. Jamás lo tuvo ni le importó tenerlo. La burocracia recalcitrante en los altos mandos del poder, el culto al personalismo (Stalin, el ejemplo más claro), la doctrina manejada por el único partido habilitado, el Comunista, eran los timoneles de la vida de más de 293 millones de personas.

Era tal el arraigo de estas características casi absolutistas, que en el momento en el que la URSS y su dirigencia decidieron poner en práctica preceptos de apertura, cuasi democráticos, el sueño del socialismo universal y la Revolución mundial de Lenin y Trotski se derrumbó con la misma rapidez que un Jenga.

Esta liberalización comenzó en 1985. Gorbachov, recientemente elegido Secretario General del Partido Comunista, puso en marcha la glasnost, transparencia en ruso. Pensada en un principio como un vehículo para ejercer presión sobre el ala dura del comunismo para después implementar medidas económicas que conviertan a la URSS en una economía socialista de mercado y dejar de lado el control totalitario económico del Estado, que administraba todos los medios de producción, industria y agricultura: la perestroika. Decisiones impensadas para cualquier soviético, pero necesarias al fin.

Gorbachov quería reorganizar el sistema socialista para poder conservarlo. Puso fin a la prohibición de partidos políticos. En el marco de la glasnost autorizó la libertad de presos políticos y dio luz verde a la libertad de información. Su intención era fomentar el debate interno entre la población para encarar con entusiasmo las reformas que se avecinaban. Pero su lectura fue equivocada.

Pronto los medios masivos comenzaron a mostrar al público soviético serios problemas sociales y económicos que el Kremlin había negado o minimizado históricamente. La población comenzó a criticar a sus autoridades como nunca antes. Los grupos nacionalistas comenzaron inmediatamente a ganar terreno en las elecciones regionales de las republicas soviéticas. Los pedidos de soberanía e independencia de las naciones que conformaban la URSS eran cada vez mayores, la sociedad cada vez era mas consiente de la crueldad y la corrupción que había caracterizado al régimen unipartidista. Por primera vez hubo otras fuerzas políticas en la Duna soviética, el pueblo se manifestaba en la calle y el ejército miraba. Rusia, el país más trascendente de la URSS, eligió a Boris Yeltsin como presidente del Parlamento, los pueblos bálticos reivindicaban sus pedidos de independencia. En medio de la confusión y la desidia de las autoridades de Alemania oriental, el Muro de Berlín cayó en 1989, la Cortina de Hierro se corrió, Lituania se independizó en 1990…

El fin fue inevitable.

 

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Los crecientes disturbios llevaron a que la ortodoxia de las Fuerzas Armadas soviéticas y el Partido Comunista intentaran un golpe de estado para volver a establecer un régimen central autoritario y derrocar a Gorbachov, recientemente nombrado Presidente de la URSS por su propio Congreso, algo insólito. La agitación popular liderada por Yeltsin, opositor por derecha de Gorbachov, frustró esta intentona golpista y, ante el creciente temor de otro boicot y de que las reformas de Gorbachov fueran revertidas, la mayoría de las republicas soviéticas comenzaron a declarar su independencia absoluta.

Pero como en cualquier separación, la conversión debe ser lo menos dura posible. Este divorcio civilizado entre las repúblicas que conformaban la URSS dio a luz a la CEI, Comunidad de Estados Independientes.

En Alma Atá, Kazajistán, se firmó su acta constitutiva el 22 de Diciembre de 1991 entre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y otras 8 naciones de las 15 que daban vida a la URSS. No quedaba mucho más para hacer. Absolutamente impotente ante estos eventos, Gorbachov renunció a su cargo cuatro días después y la URSS dejó formalmente de existir. El Soviet Supremo reconocería al día siguiente la extinción de la Unión, disolviéndose y asumiendo Rusia los compromisos y la representación internacional del desaparecido Estado, siendo reconocida como el Estado sucesor de la URSS en el derecho internacional.

La CEI no es un Estado en sí y es comparable a la Unión Europea por su carácter supranacional antes que a la URSS, que era un Estado federal, pero un Estado al fin. La CEI abrió su convocatoria a cualquier país que compartiera los mismos objetivos. Durante los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, la CEI participo de la competencia bajo el nombre de Equipo Unificado, compuesto por deportistas de 11 ex repúblicas soviéticas, por primera y única vez.

Actualmente sigue existiendo. Sus oficinas centrales están en Minsk, capital bielorrusa y su Secretario Ejecutivo es el Ministro del Interior ruso, Vladimir Rushailo.

La disolución de la URSS y la ruptura de lazos económicos tuvieron como consecuencia una severa crisis y una caída catastrófica de los niveles de vida en la década del 90, tanto en las ex repúblicas soviéticas como en el Bloque del Este y en Cuba. Los cimbronazos económicos y sociales en la región siguen al día de hoy. De todos modos, esta separación a la rusa no estuvo bañada en sangre como la de Yugoslavia con su Guerra de los Balcanes posterior.

Mala noticia para algunos, buena para otros, este suceso fue de un impacto total en todo el mundo. Los nostálgicos de la URSS lo recordarán bien y para los que no lo son, siempre es bueno recordar a los gigantes de otrora. Porque existieron.

¡Salud!

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